La Partida. (Finalista premio microrelatos ciudad de Alcalá de Guadaíra 2012)

La partida se vuelve siniestra si la haces junto a un cadáver.
El movimiento se vuelve torpe, inseguro, estúpido.
El miedo se ajusta al ritmo del reloj.
Cualquier paso puede ser definitivo para que delates tu maniobra.
Todo es blanco o negro.
Lo tienes enfrente y simulas tranquilidad y confianza.
Su juego es agresivo y gana terreno.
La apuesta es la mayor posible.
Algunas miradas saben ya quien va a morir.
El silencio inunda la sala, el revolver brilla junto al tablero.
Observas las piezas y descubres que tu rival tiene mate en tres.
Mi adversario juega con un cadáver.

El reflejado. (Finalista premio Bansar de microrelatos. Microorganism 2008)

Rolfredo Sebastián III, el Reflejado, mandó colocar espejos por todo el palacio, cientos, miles y los distribuyó por todos lados, en el suelo y en el techo, en la oficina y en la cocina, en el teatro y en el jardín.
No quería ni un solo palmo de pared sin uno de aquellos cristales perfectos en los que tanto ansiaba mirarse.
Le gustaba verse, era evidente, y nunca lo negó. Quería sentir su presencia constantemente, rodeándolo, en todas las posiciones, desde todos los ángulos y perspectivas.
Ordenaba abandonar el palacio para contemplarse en la soledad, sin ninguna otra forma humana que lo eclipsase.
Le entusiasmaba observarse, ver cómo los infinitos Rolfredos de su reflejo obedecían instantáneamente sus movimientos y gestos.

Fue más una intuición que una clara observación, pero notó la diferencia: uno de sus yoes en uno de sus reflejos era distinto; Levemente, fugazmente, pero lo vio.
Se acercó con curiosidad, mirando fijamente todos los detalles de su propia y obediente figura. Algo no cuadraba, no sabía exactamente qué, pero en ese reflejo, en ese concretamente al que se acercaba, algo no era exactamente igual.
No fue hasta que lo tuvo pegado a su nariz, cuando inequívocamente supo que su propio aliento llegaba al espejo con décimas de atraso.
Entonces comprendió. Y no se extrañó cuando su reflejo se giró y, con paso decidido, abandonó la sala y cerró la puerta.
No se sorprendió cuando su cuerpo, al igual que el resto de infinitos Rolfredos de aquella sala desaparecían instantáneamente.

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