El otro

Estás temblando, has vomitado y sangrado. Escondido en un rincón, lloras aterrorizado.
Miras la figura que tienes ante ti, no logras definirla con exactitud. Sabes que te mira con desprecio y quizás lástima. Acurrucado te meces al borde de la locura. El miedo que te provoca va más allá de cualquier definición. El terror no es a lo desconocido, sino a todo lo contrario.
La más pura angustia recorre todo tu cuerpo al saber que se acerca.
Sientes el frío aliento de su boca al susurrarte, muy cerca de ti, en tu oído.
Cierras los ojos tras tus manos ensangrentadas y recuerdas…

Parte 1
Duermo demasiado, de un tiempo a esta parte, sin duda, lo hago. Por este motivo no es la primera vez que llego tarde al trabajo, de hecho es la última o mi jefe me despedirá.
En la oficina pasan las horas eternas y tengo que hacer un esfuerzo enorme para no quedarme dormido.
No me concentro, cada vez menos. Cada vez me importa menos.
Las horas pasan pesadamente, todo se nubla a mí alrededor mientras espero la hora de salir. La sala se agranda de forma borrosa y de nuevo trato de disimular una nueva cabezada. Así, día tras día, sin comprender el motivo, necesito dormir cada vez más.
No es lo único que aguanto últimamente: esta pereza ha venido acompañada de unos dolores de cabeza insoportables, desde un centro imaginario de mi cráneo hasta los músculos de mi cara, el dolor se extiende hasta hacerme llorar. He notado también una pérdida de flexibilidad en mi rostro, como una incipiente parálisis. El dolor craneal suele aparecer en las horas de mayor actividad y puede llegar a durar todo el día. Solo mejora ante la perspectiva del descanso o la siesta.
Mi sangre parece recorrer mi cuerpo a una velocidad en constante desaceleración, cada día parece más espesa, a punto de pararse en su fluir. Los brazos y piernas me pesan, como si un imán atrajera mi cuerpo hacía el centro de la tierra.
Me he vuelto.., como decirlo…, dejado, sucio incluso, inevitablemente vago.
Sentado en el sillón de mi pequeño apartamento, paso largas horas en silencio o dormido, esperando. Con los ojos entrecerrados, observo a los insectos, que se van adueñando de mi hogar, y cómo el polvo, lentamente, como una capa levísima de nieve, se deposita en todos los rincones.
En la lejanía, los rumores de la vida en la calle llevan de vez en cuando algo de realidad a mi mente.
Mi humor también ha cambiado, me riño estúpidamente por no reaccionar ante esta situación de flojera extrema, también por mi falta de decisión, que me hace estallar en gritos e insultos al vacío. Efectivamente, tardo demasiado tiempo en decidirme ante cualquier acción, incluso por los más nimios asuntos de una vida cotidiana, como el ir a ducharme o abrir o cerrar una ventana. Cualquier cosa hace que en mi interior nazca un conflicto, una duda que no se disipa inmediatamente; desesperado, la única opción válida que encuentro es esperar, no sé bien qué, pero espero; a que mi mente se aclare, supongo, que todo vuelva a la normalidad o que todo termine del modo que sea. La verdad es que me da igual.
Mi cabeza, como en un absurdo nido de ideas borrosas, no tiene claro que ocurre, y es esta situación de incapacidad para la concentración la que me despreocupa de cualquier finalidad. Por eso, tan solo puedo esperar.
Cuando mi mente me lo permite trato de recordar cómo era mi vida hasta hace apenas unos meses. Como cualquier ciudadano normal, no estaba conforme con una vida tan llena de privilegios: el mismo trabajo común y aburrido, unas vacaciones cada cierto tiempo, algunos proyectos y una mujer, que era realmente lo único importante.
Mabel se marchó. Me avisó, dijo que algo dentro de mí estaba cambiando, no quise escucharla y cuánta razón tenía. Al principio, ni yo mismo era consciente de esta transformación que me conduce inevitablemente a ser un despojo, pero ella nada más aparecer lo vio. El brillo en tus ojos se apaga- Me dijo una vez. Un día que, desesperado por mi indecisión, tiré un objeto con absurda rabia, me miró a los ojos y dijo que me tenía miedo, no la entendí y en mi arrogancia la tildé de estúpida. Esta situación se repitió varias veces, aún no me acostumbraba a esta desesperanza y me enfadaba con todo el mundo, cuando en realidad no me soportaba a mí mismo. No olvidaré su cara asustada y mi inmediato arrepentimiento. Era en esos momentos de ira desbocada en los que debí reaccionar para no perderla, pero mi indecisión se cobró la primera víctima, la persona que más amé, y por la que lo habría dado todo sin dudarlo un segundo, se largó.., por esto mismo, por mis dudas. Y se lo llevó todo, incluidas las fotos, como si no quisiera que la recordase. Evidente error, puedo transformarme en un reptil, pero jamás la olvidaré. Puedo dudar de todo pero jamás del amor que sentí y siento por ella, de eso jamás dudaré.
A veces sueño con ella y demasiadas veces me veo a mí mismo rodeado de la más absoluta oscuridad, mirándome, más bien odiándome, con una mirada retadora que no logro entender y que me asusta.
Otras veces me puedo ver sonriendo, pero la sonrisa no es agradable, es… irónica. Lo peor es cuando me veo a mí mismo tocando a Mabel o haciendo el amor con ella, porque no hay amor en estos sueños, sino todo lo contrario, me da asco ver lo que estoy haciendo, en mi cara se refleja maldad, una especie de venganza en la que utilizo lo más puro que tengo para convertirlo en algo viciado y terrible. Es entonces cuando despierto entre sudores y lágrimas.
Ahora no me queda más que dar la razón a aquella mujer que vio nacer algo terrible en mí, que desgraciadamente desprecié e inútilmente esperaré el resto de mi vida.

Parte 2

Han pasado algunos meses, he dejado el trabajo y apenas salgo de casa. He empeorado. Paso la mayor parte del tiempo en un duermevela absurdo sentado en mi sillón, confundiendo realidad con ficción. Sueño cosas que después no logro adivinar si ocurrieron. Los dolores siguen en aumento, por eso busco el silencio, la oscuridad, el sueño, solo en esas situaciones el dolor se calma levemente.
La habitación es un verdadero basurero, restos de comida se amontonan por las esquinas y la ropa lleva sucia varias semanas. Encima de la mesa se agrupan restos de medicinas junto a varias botellas de licor. Parece que de vez en cuando fumo, debe ser en esos momentos en que no logro separar la conciencia del mundo de los sueños. Casi siempre estoy drogado, química y legalmente drogado, esperando superar una nueva crisis de dolor.
He perdido el poco contacto con el exterior, ya nadie llama, no me queda ni un amigo que se preocupe por mí. He de ser sincero, creo que no los traté demasiado bien en estos meses atrás. No me da miedo el exterior o la gente, simplemente los odio. No quiero a nadie a mi alrededor porque de ser así, comenzarían los insufribles dolores; no debe haber ruido, nadie que requiera mi atención ni un segundo; debo estar atento para que mi simple respiración no provoque un ataque más de esta maldita cefalea.
Sigo teniendo esos extraños sueños, en los que estoy solo en medio de la oscuridad, esperando, sin expresión alguna.., mirando y esperando. Siento como si me mirase a mí mismo a los ojos, pero cuando me acerco puedo comprobar que los ojos no reflejan nada, ni el más mínimo brillo, como si careciesen de vida. No me reconozco en ese ser con el que sueño; pero sin duda soy yo, alguien como yo, que espera un momento que, presiento, no tardará en llegar.
Esta mañana fui al baño y traté de lavarme. Mi aspecto reflejado era horrible. La barba me había crecido salvaje y el pelo, enmarañado y algo más canoso del que recuerdo, crecía abrupto en mi cabeza. Como un robinsón salido de ultratumba comencé a pelarme y asearme un poco, con gran esfuerzo mental pero decidido a no plantearme dudas y hacerlo, simplemente, como siempre lo hice. Puede parecer absurdo, pero en mi creciente locura la lucha interior por cualquier decisión seguía en auge, lo que me obligaba a pasar largas horas sin moverme, sin hacer nada absolutamente.
No sé cómo ocurrió, concentrado como estaba en no plantearme las cosas y hacerlas. Me sorprendí con la cuchilla en una mano y la vena de la otra abierta de un tajo y desangrándose. Miré al espejo frente a mí, asustado, sin embargo, en la cara reflejada se dibujaba una terrible sonrisa de satisfacción. Salté hacia atrás aterrorizado, manchando los azulejos blancos de sangre roja y espesa; cuando volví a mirar el espejo mi rostro había recuperado su forma real. Me agarré la muñeca pero la sangre no dejaba de manar a borbotones, sentía su contacto cálido recorrer mi cuerpo cuando descubrí algo en mi reflejo que llamó poderosamente mi atención: me acerqué aún más al espejo, uniendo rostro con rostro, para observar que mis ojos no reflejaban luz, como si estuvieran carentes de vida, como en mis sueños, ojos vacíos. Esto fue demasiado para mí, no lo soporté y enfurecido rompí el cristal. El dolor se hizo insoportable, repté hasta mi cama agarrándome unas sienes que parecían que iban a reventar y vendando torpemente mi piel abierta.
No quedan Valiums ni ninguna otra pastilla que pueda aliviarme. Un trago al tequila para recuperar algo de visión y vuelvo a caer rendido.
Revolcándome en la cama, me pregunto una y otra vez qué me está pasando, en qué me estoy convirtiendo. No puedo pensar con claridad. Ahora, con los ojos cerrados, me siento algo mejor, noto cómo voy perdiendo terreno en la conciencia y esto me alivia.
Mabel llamó, no lo recuerdo bien, su voz por el auricular parecía lejana e irreal. Me dijo que fuera al médico. -Ya fui. -le dije-, no tengo nada –mentí- . Te echo de menos…-le susurré. Ella pareció llorar y colgar.
Ha estado aquí, pero yo dormía y no me despertó. Dejó el número de un psiquiatra en una tarjeta, encima de la mesa y… un pañuelo azul. Solo ella y yo sabemos qué significa y por qué me lo devuelve. Con delicadeza lo he cogido y he sentido como se rompía algo dentro de mí. He llorado como un niño.

Parte 3

Escucho voces, más bien una sola voz que pronuncia una sola palabra. A veces, a mis espaldas, mi nombre suena alto y claro, como un golpe seco en la cabeza que me obliga a girarme creyéndome llamado, pero nunca hay nadie, todo está aquí dentro, en alguna parte de mis desquiciadas neuronas.
Mis sueños continúan. Como en una premonición, mi figura sigue sola esperando en la nada, mirándome a veces con desprecio y otras con burla. Suele ocurrir cuando la observo durante un rato que abre la boca, lenta y desmesuradamente, casi deformando su cara, sin pronunciar palabra. Me acerco para ver que en su interior se abre la más feroz de las oscuridades, el negro más absoluto, un terrorífico vacío que lo consume todo y me devora, haciéndome caer dentro. Llegado a ese extremo, siento una soledad y una desgracia en mi pecho imposibles de soportar y que me acercan con pasos agigantados a esta locura que está acabando con mi vida y de la que no alcanzo a ver una solución, que hace que me hunda sin remedio, solo, en una demencia sin fin.
Además, esta psicosis resulta extremadamente absurda. Es penoso e incuso ridículo el carecer de voluntad alguna. Mi indecisión resulta bochornosa, me niego a todo lo que a priori pueda resultar un cambio, una evolución para salir de esta lamentable situación en la que me encuentro.
No existe o no soy capaz de encontrar una salida válida que detenga esta continua degradación.
¿Qué hacer? ¿Estoy loco? Ella así lo cree.
Temo mirarme al espejo. Desgreñado me observo; parezco haber envejecido diez años, estoy en los huesos. Me doy asco y… miedo. Estoy seguro de que quien mira detrás del espejo no soy yo. Siempre me queda la terrorífica sensación de su mirada, de que al girarme y darle la espalda para irme de allí, mi reflejo permanecerá inmóvil, observándome.
Al despertar he encontrado un papel escrito, era mi letra pero no recuerdo haberlo redactado yo. Es una especie de cuento.

El reflejado.

Rolfredo Sebastián III, el Reflejado, mandó colocar espejos por todo el palacio, cientos, miles y los distribuyó por todos lados, en el suelo y en el techo, en la oficina y en la cocina, en el teatro y en el jardín.
No quería ni un solo palmo de pared sin uno de aquellos cristales perfectos en los que tanto ansiaba mirarse.
Le gustaba verse, era evidente, y nunca lo negó. Quería sentir su presencia constantemente, rodeándolo, en todas las posiciones, desde todos los ángulos y perspectivas.
Ordenaba abandonar el palacio para contemplarse en la soledad, sin ninguna otra forma humana que lo eclipsase.
Le entusiasmaba observarse, ver cómo los infinitos Rolfredos de su reflejo obedecían instantáneamente sus movimientos y gestos.
Fue más una intuición que una clara observación, pero notó la diferencia: uno de sus yoes en uno de sus reflejos era distinto; Levemente, pero lo vio.
Se acercó con curiosidad, mirando fijamente todos los detalles de su figura. Algo no cuadraba, no sabía exactamente qué, pero en ese reflejo, en ese concretamente al que se acercaba, algo no era exactamente igual.
No fue hasta que lo tuvo pegado a su nariz, cuando inequívocamente supo que su propio aliento llegaba al espejo con décimas de atraso.
Entonces comprendió. Y no se extrañó cuando su reflejo se giró y, con paso decidido, abandonó la sala y cerró la puerta.
No se sorprendió cuando su cuerpo, al igual que el resto de infinitos Rolfredos de aquella sala desaparecían instantáneamente.

———— …………………….. ………..

Un escalofrío recorre toda mi espina dorsal. Este relato provoca en mí una mezcla de diversión y miedo que me eriza la piel. Intuyo que viene provocado por esos sueños que cada vez son más reales y crueles.

Parte 4
Hoy me he armado de valor y sin darme tiempo para pensar he cruzado el umbral y he salido al exterior. Al principio la luz dañó mis ojos con fuerza, impidiéndome ver durante un buen rato, el sonido también era excesivo, ensordecedor incluso. Las calles estaban masificadas, al menos eso me pareció.
A tientas, con mi espalda por la pared, caminaba tambaleándome a la búsqueda de una parada de autobuses cercana; pensaba que quizás sería capaz de llegar al centro y dar una vuelta, una vuelta rápida y volver corriendo a esconderme en casa. Pero todo acabó en cuanto me hube planteado toda la aventura. En mi cabeza, un dolor agudo, semejante a un grito cobró fuerza, un grito de desesperación y agonía que fue creciendo más y más, hasta hacerse eco en mi boca materializándose en el exterior. Así me sorprendí, en medio de la calle gritando y encogido como un animal acosado. La gente se agrupaba a mí alrededor mirándome con temor y con preocupación, pero a mí toda esta gente me impulsaba a seguir gritando y pataleando. Deseaba que se fueran de allí, necesitaba urgentemente volver a mi ansiada soledad.
Los veía cómo me hablaban y cómo yo era incapaz de escucharlos. Como sumergido en un pozo, que era mi cabeza, los miraba a través de unos gruesos cristales que eran mis ojos. En mi sordera no existía la mínima posibilidad de comunicación con ellos, estaban tan lejos… Uno de ellos trató de tocarme, creo que lo golpeé y pude por fin levantarme y correr. Me alejé de ellos y corrí hacia mi casa. Para no caer otra vez en esa desesperación recuerdo que dibujé en mi mente el rostro de Mabel, supe que me daría fuerzas y me sostendría hasta llegar a la oscuridad de mi camastro.
Por la noche como si de un castigo se tratase, los dolores han llegado a cotas nunca antes alcanzadas. Me he arrancado mechones de mi cabello y me he revuelto en la cama deseando la muerte en una orgía de dolor. He llorado y sangrado por mi boca y oídos. Desde mi interior alguien me golpeaba con saña.

Parte 5
Desde aquel día no he vuelto a intentar algo parecido. La situación se hace insostenible, los momentos de lucidez tardan cada vez más tiempo en llegar. Sé que he de aprovechar uno de esos instantes para pedir ayuda, pero cada vez que lo pienso termino por infringirme alguna herida: desde golpes contra la pared a pellizcos en la piel, hasta hacerme sangrar.
Apenas hay comida y me estoy quedando sin dinero, además el chico de la tienda se niega a subir, le doy miedo, dice. Lógico, incluso a mí me aterra. Creo que me estoy muriendo, es curioso, pero siento una especie de alivio con este pensamiento.
He descubierto que solo el recuerdo de Mabel me relaja, que solo con su imagen en mi cabeza las dudas desaparecen y no existe conflicto en mi interior. Llegan breves momentos de paz y descanso, recordando paseos y siestas, y una hermosa ansiedad al imaginarme de nuevo con ella. Me revuelco en la memoria de lo que hicimos, repasándolo una y otra vez. Como tabla de náufrago, Mabel es el único soporte para la cordura.
Al saber que Mabel me mantiene en paz, he decidido urdir una trampa: trataré de engañarme concentrándome en ella y en su dulce tacto, en las pequeñas cosas que hacía y cómo se movía, y así podré pedir ayuda. Una vez más, sin estar aquí, es la única persona que puede salvarme. La tarjeta que me dejó.., la del psiquiatra.., he de poder verle.
Pero ahora tengo miedo, un miedo que me paraliza antes incluso de llegar a la puerta. Me he puesto la ropa más limpia que tenía, la que Mabel guardaba al fondo del armario -huele a ella, puedo ver cómo la dobla y con sumo cuidado la guarda, acariciándola al retirar su mano-
Me he lavado y estoy frente a la puerta, sudando y helado al mismo tiempo; giro el pomo lentamente y abro la puerta, esperando el loco terror del exterior.
Imagino que Mabel me coge del brazo, me sonríe y me pide que lo intente. Una suave luz entra en la habitación bañando el imaginado cuerpo de mujer, provocando su desvanecimiento. Un débil rayo de esperanza inunda mi cuerpo, «puedo conseguirlo», me digo.
Sonidos leves de la mañana llegan suaves a mis oídos. «Todo va a ir bien», me repito. No parece que vaya a ocurrir nada, mi cabeza está bien y me tranquilizo, aunque sé que en cualquier momento todo puede cambiar. Tengo que darme prisa. Salgo a la calle imaginando que persigo la silueta de mi amada, que sonríe y se ríe.
Acelero el paso buscando un taxi. Al cabo de unos minutos no encuentro ninguno y comienzo a sentirme inseguro, los nervios se van apoderando poco a poco de mi cerebro. Quiero volver a casa cuanto antes.
Logro al fin que un taxi se fije en mí y se detenga. Parece un coche limpio y entro. Sin pronunciar palabra le doy la tarjeta del psiquiatra y algo de dinero. La joven despreocupada pone en marcha su vehículo. Avanzamos por una ciudad atestada de gente en controlada sinfonía de movimientos. El sol en su cénit marca la hora de comer para la mayoría de transeúntes, todo parece normal, pero un desasosiego se me agarra al pecho, algo no anda bien y definitivamente me está poniendo nervioso. Es el sonido, la carencia de él. Presto atención y lo único que puedo escuchar son mis propios pensamientos rebotando en mi cabeza, el más absoluto silencio se ha adueñado del mundo. Cuando pienso que podría ser un problema físico, escucho el sonido de mi propia mano frotando el sillón; esto me llama la atención y, asombrado, compruebo que mis movimientos provocan ruidos que escucho sin problemas, pero los sonidos ajenos a mi me son negados por alguna extraña razón.
El vehículo se detiene al fin, en un silencio total, en lo que parece un barrio residencial, la muchacha se ha vuelve hacia mí, y dice que ya hemos llegado, pero juro por dios que aquella mujer no ha abierto la boca ni ha movido sus labios ni un milímetro para pronunciar aquellas palabras. Ella mira fijamente hacia donde yo estoy, en el asiento trasero de su inmaculado taxi, pero sus ojos me traspasan, dándome la impresión de hablarle a otra persona. Salgo precipitadamente del coche y a punto está un camión de atropellarme, su estruendosa bocina me devuelve en toda su plenitud el sonido de la calle. La última mirada al interior del vehículo me descubre a una mujer iracunda gritándome enfurecida, criticando mi actitud y tachándome de loco. «¡Sordo, mudo y loco» dice.
El ruido de la realidad vuelve multiplicado por mil, me mareo y apunto estoy de desmayarme, un calor sofocante me convence para buscar una sombra.
En la pared, al cubierto de miradas observo brevemente el mundo al que dejé de pertenecer. Todo me parece extraño, absurdo e irreal, como una película de ciencia ficción en la que todos los ciudadanos representan un papel que no han elegido y que ignoran. Todo parece falso y traicionero.
Recupero el resuello, mis labios están resecos y estoy empapado en sudor, en medio de ningún lugar. Debo tener la apariencia de un vagabundo cualquiera, busco en mis bolsillos y encuentro la tarjeta de quien puede ser mi última esperanza de volver a este mundo, que vive y se pasea, olvidándome.
Me acerco con paso inseguro hacia la casa adosada con el cartel de doctor en psiquiatría. Empujo una pequeña cancela de metal que me abre paso a un delgado camino de piedra sobre un césped impecable. Al fondo, una puerta de madera con un ridículo adorno que invita a pasar. Me paro unos segundos ante esta puerta, armándome de valor y presintiendo un cambio en mi estado de ánimo. Todo ha sido relativamente fácil, pero comienza el dolor de cabeza, señal de que todo va a cambiar. Recurro rápidamente a mi efecto placebo, que es Mabel, pero no sé qué ocurre, no me concentro y ella no aparece en mi mente; mi nerviosismo crece y, al dar media vuelta para largarme de allí, la puerta se abre.
Quien me recibe es una enfermera embutida en un traje blanco deslumbrante, todo en ella delata pulcritud, pero su falsa sonrisa hace aumentar mi mal humor. Al ver mi aspecto su sonrisa desaparece y me pregunta con un leve arqueamiento de cejas si me encuentro bien. Ya no sonríe. Le pregunto Por qué no sigue sonriendo. Ella vuelve a hacer la misma pregunta: ¿Se encuentra usted bien? ¡¿De que te reías?! Le grito. Parece asustarse y retrocede hasta pulsar un interfono, en una mesilla junto al recibidor. Miro hacia dentro, todo está terriblemente limpio, por algún motivo, este exceso de limpieza me provoca nauseas. Parece tener una charla con alguien por el aparato, mi dolor de cabeza aumenta y me siento fuertemente mareado.
Necesito sentarme. La mujer de blanco me ha oído y suavemente me coge del brazo.
Sígame me dice. Sin fuerzas para resistirme, me dejo llevar por la enfermera.
Caminamos por un pasillo con olor a acetona hasta una sala de espera, donde hay otros pacientes; todos me miran sorprendidos, mi aspecto no debe ser agradable. La muchacha me obliga a tomar asiento en el sillón que queda libre, mientras veo de reojo cómo una mujer agarra a su hija pequeña; supongo que debe estar asustada por mi presencia. Todo parece confuso y mi visión es borrosa, vuelvo a tener la sensación de estar infinitamente lejos de los que me rodean.
Estoy terriblemente cansado. El dolor aumenta rápidamente, acompañado de mareos y arcadas. Aprisiono mi cabeza entre mis manos, cierro los ojos en un vano intento de controlar la sensación de ira y locura que se va adueñando de mí. Unas palabras que no son las mías rebotan en mi cabeza, se repiten mientras mi desesperación crece. No podré soportar este odio que me revuelve las tripas y el corazón, que acompaña en su subida a unas palabras dichas desde el vacío, con furia y rencor: «¡Déjame salir!>>, repite una y otra vez. «¡Necesito salir!>>
¡¡¿Quien necesita salir?!! Grito al tiempo que alzo la cabeza y abro los ojos desencajados, envueltos en lágrimas.
Lo que veo me hace enmudecer. Al callar descubro que, de nuevo, el silencio se ha instalado en mi cabeza, solo escucho mis propios ruidos, como hace un rato en el taxi. La escena de la sala de espera también es diferente: los pacientes que quedan están rígidamente sentados, cada uno en un extremo de la habitación; son cuatro y todos miran fijamente al centro de la sala, a un punto invisible justo en medio de esta habitación. Nadie se mueve, el silencio es absoluto, parece que ni siquiera respiran. Una mujer madura, dos hombres adultos y una niña pequeña.
Los miro uno a uno, sentados y erguidos, ausentes e inmóviles. Lentamente la pequeña comienza a abrir su boca, sin emitir sonido alguno, deja entrever lo que ya empezaba a sospechar, en su interior, otra vez esa oscuridad que ya viera en mis pesadillas. Me levanto aterrado del sillón. Miro a los demás, que imitando a la niña todos abren sus bocas muy despacio, desmesuradamente, sin dejar de mirar el mismo lugar ni un instante. Me tiemblan las piernas de puro terror, esto no es un sueño, está ocurriendo de verdad. Me tambaleo mareado y caigo de rodillas justo en medio de la sala, allí donde todos miran. El vacío que se desprende de sus miradas y la oscuridad de sus gargantas que me parecen ya familiares, aunque no por eso menos terrorífico, lo van cubriendo todo. De rodillas lloro soportando tremendas convulsiones. Alguien me toca la espalda, pronunciando mi nombre alto y claro, es el doctor, me mira y, con un dedo señala mi cabeza y después mi boca; sin mover sus labios le oigo gritar. «¡Déjame salir!>>.

Parte 6
Estoy corriendo. Corro como nunca lo había hecho antes. Huyo, quiero esconderme y tengo mucho miedo. Mi cabeza está totalmente desquiciada. Babeo y sudo como un auténtico loco.
Salí de la consulta golpeando a todo el que se interpuso entre la calle y yo. Creo que me hice daño en la pelea y que me caí un par de veces porque siento la sangre recorrer mis mejillas.
El ruido de la calle vuelve a ser ensordecedor y la luz, cegadora. Es como luchar contra un muro, el maldito exterior es como un infierno de descontrol y furia. Rodeado de gente por todos lados que me miran y señalan con el dedo, me obligan a seguir corriendo, con rumbo perdido y con una mente totalmente aturdida.
Quiero volver a casa, pero.., ¿cómo?, ¿dónde estoy?, no reconozco nada de esto. Estoy perdido, solo ante esta muchedumbre que aumenta mi desconcierto.
Un hombre se ha parado frente a mí, no lo conozco, pero él me mira abriendo desmesuradamente su boca, para mostrarme que también él está vacío. De mi garganta sale un desgarrado grito de desesperación, negando todo aquello que me está pasando y que tan claramente se muestra a mis ojos. Alguna parte de mí sabe que aquello no puede ser real y eso es precisamente lo que no soporto: lo que aún me queda de cuerdo. Otro más a quien golpeo y vuelvo a correr por las calles, empujando y gritando como un poseído. Me tropiezo y caigo varias veces. Las fuerzas me fallan, mis piernas no responden bien, una espuma blanca me resbala por los labios y vomito en la acera. La gente se detiene y me ofrece su ayuda, pero entre ellos siempre hay alguien que me mira con ojos muertos y se acerca, entonces vuelvo a correr. Mientras corro, no miro a nadie, entonces todas las personas vuelven a su estado habitual y me ignoran, pero en el momento que me fijo en alguien, ese alguien se fija en mí, y me señala con el dedo y se acerca hacia donde yo estoy, abriendo su boca, en ese cada vez más, desagradable gesto, intuyo que para decirme que eso es lo que me espera: la soledad, el vacío. Decido, por tanto, no parar, no mirar, no oír, solo correr, correr, correr…
Los músculos de las piernas están a punto de reventar, mis pulmones se encuentran al borde de la asfixia y mi corazón a punto de un colapso. Desde un cerebro envuelto en tinieblas deseo efectivamente que mi corazón deje de latir.
He parado, agotado. No sé dónde estoy, mi único deseo es el de volver a casa. Mis ropas están desgarradas y sangro por heridas en diferentes partes de mi cuerpo. No miro a nadie, no debo hacerlo, así que solo miro frente a mí, a ese escaparate donde hay colgadas ropas sobre maniquíes inertes, ropas de moda y complementos inútiles y extraños, nada más, no hay nadie.., excepto mi propio reflejo, que… sonríe. Salto hacia atrás, de nuevo sorprendido y aterrorizado al notar que sonríe despiadadamente, con asco, odio y satisfacción. ¿De qué te ríes? Grito y escupo al reflejo No te saldrás con la tuya maldigo y salto de nuevo, esta vez hacia adelante para golpear con mi cabeza la cara sonriente del cristal. Caigo rebotado al suelo. El cristal se ha roto y se ha cubierto de sangre, y en cada pequeño trozo de vidrio me veo reflejado, en algunos ensangrentado y murmurando incoherencias, en otros riendo y sin una gota de sangre…
Hay personas que se paran y me preguntan, pero tengo miedo de mirarlos, parecen preocupados, parecen reales, pero en cualquier momento todo puede cambiar, si los miro. Por eso los empujo y les grito para que me dejen en paz, por eso me levanto y sigo corriendo, huyendo.
Pero cada vez está más claro que esta carrera no servirá absolutamente para nada, pues de lo que huyo seguirá conmigo, al menos hasta que decida irse o hasta que yo mismo deje que se marche. Al sugerir este hecho, la tranquilidad pareció posarse en mí durante unos instantes, dejé de correr y caminé, con la mirada perdida en el suelo y con la sensación de la inminente derrota, pero con la seguridad del deseado descanso. «Puedes salir cuando quieras», me dije. Me abandoné en mi regreso a casa, dejé de luchar y acepté el cambio imposible por el que estaba pasando.
Todo acabó. Lo que haya de ocurrir que ocurra cuanto antes y que todo desaparezca de mi cabeza

Parte 7
No recuerdo cuánto tiempo estuve caminando. Hablando conmigo mismo, murmurando incoherencias y gritando al vacío. Llegando al fin a un acuerdo de retirada, no podía más, mi cabeza ya no me pertenecía y solo deseaba descansar, que todo acabara de una vez.
Hablaba solo, perdido en la locura. Ni siquiera recuerdo como conseguí llegar al apartamento. Creo que una vez aquí me desmayé.
Después en una especie de sueño confuso o duermevela muy pesado estuve vomitando. Todo lo recuerdo como si se tratase de un hecho muy lejano, todo absurdamente real…
Sentado en la cama, trato de recordar.
En la bañera, en el cuarto de baño.., algo ocurrió allí. Efectivamente, un rastro de sangre y bilis me lleva hasta el aseo. Tambaleándome aún por el cansancio voy siendo consciente de que el dolor de cabeza ha desaparecido, y de una extraña sensación dentro de mí que no logro definir. Aún estoy embotado, como si acabara de salir de una enorme borrachera y la resaca se hubiera instalado en mí para no abandonarme jamás.
Abro lentamente la puerta del baño, al tiempo que mi piel se eriza y mis manos comienzan a temblar. Algo aquí dentro me produce un terror que no logro entender. Descubro un caos de cristales rotos, frascos desparramados por doquier y jirones de ropas ensangrentadas. Penetro en la pequeña estancia de azulejos blancos y en las paredes hay restos de sangre y un material gelatinoso que no había visto antes.
Como latigazos vienen a mi memoria momentos que pasé aquí, anoche mismo, vomitando, arrastrándome entre convulsiones de dolor, gritando.
No entiendo qué pasó, porque no lo recuerdo.
Me acerco al espejo roto y en mi cabeza todo empieza a ordenarse. Los recuerdos son más claros.
Mi reflejo en un trozo de cristal no es el de siempre, necesito mirar mis ojos para saber que no despiden el más mínimo destello. Dejo caer el trozo de cristal que sostenía en mi mano, pues no necesito mirarme para saber que dentro de mi boca se encuentra la oscuridad de la que he estado huyendo todo este tiempo.
Otro recuerdo más…; hiciste un trato, un pacto contigo mismo… y admitiste la derrota, cansado decidiste no luchar más.
Consigo que mis ojos muertos derramen lágrimas de pura lástima, lástima hacia mí mismo.
Un crujido detrás de mí provoca que un escalofrío recorra, arañando, toda mi espalda. No estoy solo aquí. Me vuelvo deseando que no se confirmen mis peores pesadillas. Todo mi cuerpo tiembla de auténtico terror.
En la bañera, entre bilis, sangre y trozos resecos de una sustancia que no consigo definir, hay movimiento. Mis piernas no me sostienen y caigo sin fuerzas al suelo. Arrastrándome, trato de esconderme arrinconándome debajo del lavabo. Entre lágrimas y temblores, observo la figura que sale de la bañera.
Primero una mano, que trata de asirse a la pared y después se agarra con fuerza al grifo. Es una mano cubierta por una piel escamosa, de sangre reseca. Le sigue el brazo y un cuerpo desnudo en las mismas condiciones y acompañado por las mismas convulsiones que yo tengo. Su piel, que está a trozos cubierta por costra y pústulas de un líquido sanguinolento, da la apariencia de un cuerpo quemado.
Se ha puesto de pie, y se retira con cuidado esta especie de segunda piel, dejándola caer al suelo, cerca de mí. Me la tira con desprecio y yo, aterrorizado, me recojo haciéndome un ovillo, temblando, huyendo de ese pellejo podrido como del diablo.
Ha salido de la bañera y, con parsimoniosa lentitud, se dirige a mi encuentro. Se mira al espejo que tengo encima de mí, para seguir quitándose las postillas que cubren su cara. Sus movimientos son torpes. Es la primera vez que camina y todos sus pasos parecen inseguros, pero en su cara se dibuja una gran sonrisa de satisfacción.
Por mi parte, apenas soy dueño de mí mismo, en este despojo a medias consciente que soy, mis peores pesadillas acaban de hacerse realidad. Ya no tengo nada que hacer. Me acuno agarrado a mis rodillas, tarareando una musiquilla de mi infancia, con la nada en mi cabeza.
El ser, que sigue limpiándose, canta la misma canción.
Ha colocado su rostro frente al mío. Su cara, que es la mía, sonríe.
Sus ojos que son los míos, tienen más vida.
Cuando habla, su frío aliento me trae el recuerdo, para entenderlo todo.
¿Qué puedes hacer si aquel que todos llevamos dentro decide salir? Dice.
Ahora todo encaja. Voy entendiendo cómo gracias al sueño que él mismo provocaba, se fue haciendo más fuerte; cómo su ira y su independencia fueron creciendo dentro de mí, sin que yo pudiera evitarlo.
¿Es cierto?.., o lo que veo es mi locura… o tal vez quiso salir de mí, lo consiguió y ahora se llevará mis recuerdos y… mi porvenir… ¿Qué eres? ¿Que soy yo ahora?
Es la única vez que me mira con algo de lástima, se levanta y, con paso vacilante, se viste para, seguidamente, coger el pañuelo azul que aún colgaba de la silla, olerlo y, sin mirar atrás, salir a la calle, desapareciendo de mi vista.
Extraño; no puedo pensar, estoy solo, como nunca antes nadie lo estuvo.
Siento cómo lo único real que ha existido en mí, me abandona. Siento la infinita soledad de alguien que no tiene nada dentro.

Epílogo.

Despierto, ¿dónde estoy? ¿Qué…? Me duele la cabeza, ¿sangre? Sangre en mis manos ¿Dónde estoy? No recuerdo… ¿Como me llamo? Estoy solo, yo… ¿quién soy yo?

Me he quedado dormido. ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? Me estáis mirando a mí. No os conozco a ninguno, ¿quiénes sois? ¿Quién soy yo? Estoy cansado y no recuerdo…

Despierto, ¿qué es esto? ¿Dónde me llevan? ¿Un médico?, una ambulancia. ¿Qué ocurre? Yo… ¿qué hago aquí? ¿Quién soy yo? ¡Soltadme! Mi nombre, no lo recuerdo…

¿Qué pasa?, ¿dónde estoy? No me puedo mover, ¿qué…? Estoy atado a una cama.
¿Por qué? ¿Quién ha hecho esto? Yo no puedo… yo…, ¿quién soy yo? ¿Cómo me …?

He estado durmiendo. Tengo hambre. ¿Dónde estoy? ¿Qué habitación es esta? ¿Qué ocurre? ¿Por qué no me puedo mover? Tengo puesta una camisa de fuerza, ¿a mí? ¿Por qué? Yo… Qué.., ¿Cómo me llamo?

El sol me despierta, ¿una ventana? Tiene rejas y detrás un pequeño parque. ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy atado? ¿Quién ha hecho esto? ¿Por qué…? Yo… ¿Quién soy yo…?

 

Relato de terror creado por encargo para un corto de animación en 2005. Corto sin realizar.

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