Hermanos de agua:

La noche era transparente, no demasiado fresca aún estando sobre el mar. La pequeña barca se mantenía flotando en la ensenada de altas rocas cerca de casa. Mi hermano de doce y yo de siete retozábamos aquel verano acariciando levemente el cristal oscuro que provocaba ondas y sabía a sal.

Era tarde pero el mar estaba en calma y para hijos de pescadores aquello no suponía riesgo alguno. Contemplábamos las estrellas arriba y abajo, nos asustaba un poco los riscos de la costa que proyectaban una sombra aún más oscura que la noche. Aquella roca daba en realidad mucho miedo, se llamaba como mi hermano, “El pico de Samuel” y no me gustaba mirarlo, prefería mirar al mar. De vez en cuando círculos concéntricos aparecían de la nada y removían la solidez aparente del suelo líquido, demostrando una vez más que la vida de su interior deseaba salir a la superficie.

– Nosotros venimos del fondo marino- Dijo mi hermano adivinando mis pensamientos. Era aficionado a los cuentos y a las leyendas y a veces me asustaba con sus historias.

-¿Nosotros? ¿Quieres decir los hombres?—

– No, nosotros, nuestra familia. Y tarde o temprano volveremos allí.

– ¿Como el « tito»?

– Si como el tito. No cayó por la borda, ni lo tiraron como dicen por ahí.

-Era un borracho – Dije sin entender muy bien que significaba aquello.

– Bebía por que no podía olvidar su verdadero hogar, que está allá abajo entre las cuevas donde a veces sacamos perlas. Muy al fondo.

-Pero aquello está oscuro no podrá ver.

– Te equivocas, el mar se encarga de que haya luz y de que las rocas brillen y los peces traigan la comida.

-Eso es mentira, el mar no hace nada de eso. – Me gustaba tanto escuchar las historias de Samuel que lo provocaba para que siguiera hablando, mientras chapoteaba con sus pies destruyendo la tranquilidad de la noche.

-Es verdad, el mar tiene vida y personalidad propia ¿Es que no recuerdas la historia del capitán Setién Romero?

-No. – Mentí.

-¿Quieres que te la cuente?

-Si por favor – Rogué.

-El capitán Setién Romero fue un marino – Comenzó, de aquella forma que lo hacía, con ganas de contarlo, apasionado y creíble. Yo me relajé aún más y cerré los ojos, tocaba el agua con la punta de mis dedos confiando que a quien acariciaba era un ser vivo como aseguraba mi hermano mayor. Si esto era así tenía que llevarme bien con él porque era muy grande y a veces daba miedo, pero otras como aquel día de verano era tranquilo y bonito y bueno.

– …de aquellos que tienen la mirada perdida hacia el mar, porque ellos mismos ya están perdidos, de aquellos que necesitan del precipicio.

»Setién no tenía edad. Los surcos que el viento había dibujado en su cara borraron el recuerdo del hombre que un día que fue en tierra.

»El capitán olía a madera mohosa, su voz crujía como el mismo barco que pilotaba y conocía el mar mejor que a su propia sombra.

»Contaba su tripulación que llevaba doce años sin pisar tierra, que nunca bajaría de su barco. Y efectivamente se quedaba en puerto el tiempo imprescindible para zarpar de nuevo. Siempre en su pecho habitaba el deseo de volver a la mar.

»Damián M., el viejo oficial, decía que guardaba su corazón en una caja de madera en la base del palo mayor. Personalmente, nunca se opondría a una orden suya y desaconsejaba que otros lo hicieran.

»Relataban de él que nadie había cruzado el cabo de hornos tantas veces. Entre risas se comentaba que allí mismo, bajo un cielo siempre cubierto por tormentas, tenía su hogar.

»Amigo cuando el frío arreciaba y la ventisca se hacía insoportable. Admirado sobre las olas embravecidas, aseguraban que nunca había existido piloto como él.

»Pero en sus ojos siempre estaba la soledad del mar, su mismo brillo.

»Los rumores hablaban de una triste maldición. Muchas eran las leyendas y misterios que lo rodeaban.

»Lo cierto era que a veces, cuando su hermoso galeón descansaba por las noches en alta mar, aparecía una espesa niebla que envolvía al barco completamente. Era entonces cuando los cantos de los marineros se apagaban, era cuando hasta a los más valientes se les erizaba la piel. Hombres que no dudaban en enfrentarse a gigantescas ballenas se acercan unos a los otros, temerosos, cuando escuchaban el lamento, terrible, del capitán.

»Y en aquellas noches eternas, entre gemidos y sollozos escuchaban voces que nadie reconocía, pasos por el entablado. Las nieblas servían de cobijo a sombras que deambulaban por el barco, a veces de niños y otras veces de mujer.

»Pero nadie habló jamás de ello. Nadie se atrevió nunca. Los fantasmas entre marineros nunca fue tema de conversación.

»Solo el capitán sabía que el mar se llevó a toda su familia. Y que lo hizo por despecho, porque jamás hubo nadie que domara las aguas como él.

»Así, el rabioso océano dominado por el odio de sentirse humillado decidió secuestrar a su familia, su hermosa mujer y sus dos hijos, para devolvérselos solo cuando Setién estuviera en alta mar, durante el breve periodo de tiempo que se mantuviera la bruma que la pena del capitán levantaba alrededor de su barco, en las noches de calma.

 

Me gustaba tanto esta historia que siempre dejaba que la terminase aunque el final me diera mucha pena. Sufría al pensar en la terrible tortura del capitán. Lloraba por su familia y solo así podía verla, la alegría del verlos hacía desaparecer la bruma y con ella a su familia. Era terrible. Aún así no creía que el mar fuera del todo malo aunque se llevara a mi tito y a la familia del capitán. -El mar no es tan malo. – Aseguré

-Claro que no, el mar solo es agua que está aquí en este momento, pero esta misma agua puede subir a las montañas y bajar por los ríos, entonces se convierte en otra cosa, quizás algo más tranquila. ¿Sabes lo que le paso al joven pastor de las altas montañas?

No me sonaba pero supuse que sería otra de sus historias. -No. – Dije. -¿Qué le paso?

-¿Sabes como suena una cascada? ¿Y el río cuando baja?

-No. Nunca lo oí.

– Pues es como música, así lo escuchaba al menos, este pastor del que te hablo.

»Se había criado y crecido entre riscos, riachuelos y lagos. Descansaba cerca de hermosas cascadas y bebía directamente del musgo que crecía en las rocas.

-¿Qué es musgo?

– Como las algas pero con forma de almohada pequeña.

-Ah!

– Raúl, que era como se llamaba el pastor, nunca tardaba demasiado en encontrar agua en las montañas, siempre deseaba estar cerca de ella. Se bañaba todos los días y no le importaba el frío que hiciera. Se sumergía en el lago o en alguna corriente de montaña y entonces era cuando escuchaba realmente la música del agua. Aguantaba la respiración hasta que casi se ahogaba por escuchar las melodías que según el existían.

»Escuchaba su sonido lírico allá donde hubiese algo de agua. En los baldes donde se lavaba la cara o en los odres donde bebían sus animales.

»Sobre todo disfrutaba y pasaba días enteros escuchando atento en las caídas de agua donde decía encontrar en aquella música las mejores composiciones, también en los grandes ríos o en los riachuelos entre árboles, y ahí fue, en aquellas pequeñas correntinas donde aprendió a componer. Estas pequeñas lenguas de agua que corrían después de una lluvia hacia el lago o hacia ríos mayores tenían una duración muy breve por lo que para Samuel significaba que eran canciones, pequeñas, pero muy alegres. Observaba correr el agua por los suelos rocosos o por la tierra cubierta de hierba, pero también escuchaba la canción que dejaba a su paso. Vio como caía una piedra y por un breve instante desentonaba en el tema que se desarrollaba, hasta que se introducía en la melodía el nuevo cambio y todo volvía a sonar de maravilla. Así que si una piedra o la rama de un árbol podía cambiar el sentido de la canción, el también podría. Introdujo su mano y escuchó. El sonido varió, dejo un momento la mano quieta y toda una nueva música fluyó por sus oídos. Lentamente movía su mano arriba y abajo, a los lados o la cerraba y abría provocando distorsiones y nuevos sonidos. El agua acariciaba la palma de su mano vibrando y acoplándose a sus formas, produciendo nuevas y variadas músicas. La alegría del pastor no tenía límites. No solo podía escuchar la música del agua sino que además podía variarla, componerla y descomponerla a su antojo. Así pasó días y noches enteras, buscando como hacerla sonar más fina, más dulce, más opaca. Más brillante. En poco tiempo componía verdaderas obras de arte musicales, grandes sinfonías acuáticas que dejaban a cualquier animal de las cercanías atrapado inevitablemente entre aquellos sonidos. No solo manipulaba los tonos con la mano, se fue introduciendo poco a poco el mismo. Chapotear, remover, salpicar, sumergirse entraron a formar parte de su vocabulario musical. Todo lo hacía cuando la composición lo necesitaba. Y sumergido hasta las rodillas en los ríos se movía y componía sus maravillosas obras sonoras.

»Una mañana se fue al lago. Coloco diversas piedras, ramas y troncos en la cascada y en la orilla, afinando. Se introdujo en medio de aquella masa de agua cristalina, fría y sonora. Y se sumergió. Reconoció todos los sonidos y variaciones acústicas que aquel lago le proporcionaba y sutilmente con el movimiento de todo su cuerpo compuso e interpretó la mayor obra musical acuática jamás realizada. Nadó, buceó, saltó y volvió a bucear. Tan extasiado estaba con su composición, con su música que no podía parar. Su cansancio muscular no podía evitar la continuidad de la obra. El solo hecho de encontrarse allí sumergido proporcionaba la nota correcta para aquella sinfonía. No podía irse, no deseaba irse. Su cuerpo se hundía y sus pulmones no aguantaron más. No le importó, seguía escuchando su canción allá en el fondo del lago.

-Son tan tristes todas tus historias.

– Eso es por que tú estás triste. Tienes que irte. Es tarde. No le hables de mí a mama.

-No lo haré, nunca lo he hecho. Si ves al tito ¿Le darás un beso de mi parte?

– Era un borracho, pero lo haré de tu parte. Se culpa de lo que ocurrió. Pero yo no creo que aquel paseo, por aquel acantilado… Estaba bebido y yo era muy pequeño, saltaba y jugaba, el no me vio. Como aquel pastor quise escuchar la música de las olas al chocar contra las rocas. Me acerqué demasiado. El viento…

– No hablemos de eso

– En cierto modo el tito era como el capitán Setién Romero y yo me parezco un poco a Raúl el pastor.

-Si, supongo. Adiós hermano. ¿Estarás bien?

– Si. No te preocupes. El mar cuidará de mí.

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