Fantasmas de Wolf (Extraído de Wolf. Novela)

 

…Un nuevo Jeff Goldblum transformado genéticamente abandona el bar entre una cortina de humo, igual de desnudo pero con la esperanza de un final algo menos trágico. Nunca le gustaron las moscas por pesadas, ni las cucarachas por abominables, ni los humanos por siniestros, incómodos, peligrosos, aburridos y estúpidos, todos los demás animales eran soportables. Wolf respira aire húmedo y limpio. Se reconoce fuera del mundo, como un Michael Jackson ultraevolucionado, sin sexo ni raza a la que pertenecer, con una conciencia que supone incomparable con respuestas para todo. Wolf respira el sutil aroma del recuerdo lejano que viene envuelto por el olor a bosque lluvioso, de lluvias en la sierra de Cazorla, o el albero húmedo de las canteras, un poco más allá de su primera vivienda. Wolf siente renacer la esperanza y se sabe cerca del Nirvana, ahora Wolf el sabio lo sabe todo de todos y todo sobre todo. El Lobo se siente perfecto, brillante, evidentemente es el mundo el que no gira correctamente.

La percepción fugaz de un estado de felicidad se permite el lujo de asomar por el pecho del gastado Wolf, su estela dura el tiempo justo, la prueba de que aún es posible un lugar dentro de si desde donde salir a flote, y descansar junto a una sonrisa. La proyección instantánea, sutil y casi inapreciable, cuando  ya se ha ido, de una estancia perdurable de bienestar y equilibrio equiparable al recuerdo de la niñez. El único lugar donde el sr. Wolf se siente seguro y donde la felicidad anduvo, durante un tiempo, de la mano de la realidad, precisamente por lo ficticia que fue. Siempre dentro del almohadón cálido  de su cabeza de donde únicamente salía cuando algún adulto requería su atención.

Inspira la superada crisis, exhala la alegría del momento, esa que le dura doce segundos.

Wolf respira y siente el débil mareo de la opacidad de su cráneo, la misma que sentía cuando discutía con C. “No volveré a cometer la torpeza de perder la cabeza por una promesa, o algo peor” Wolf recuerda la silueta de I, su pelo rojo y la posibilidad de un mundo mejor.

Mr. Wolf tiene la clave de este mundo que igual que a una pizza Calzzone es capaz de envolver el mundo real con su propio mundo imaginado. Desde la oscuridad de acero forjado de un banco en la céntrica plaza del Paraíso a escasos metros del alucinado bar, organiza su propia escalada hacia el dominio del mundo, hacia la ansiada paz interior que lo alzará vencedor, que lo convertirá en el capitán de la mullida y aromática colina de hierva recién cortada, con la capa de trapo rojo al viento y la espada de madera sin barnizar alzada.

Tiene el deber de obedecer la orden emitida directamente desde el capitolio de su cerebro, saber qué fue lo que lo convirtió en un ser tan violentamente despreciable,  tan carente de valor y tan torpe con las manos.

Siente instintivamente donde dirigir sus pasos, esta vez sí.

Recorrerá la espina dorsal del pueblo que lo vio crecer, correr y pecar. Cree ciegamente en la caída libre al pasado donde le esperan con navajas afiladas los errores y terrores de la inexperiencia. Enfrentarse a ellos es exclusivo de la gente que desea la libertad, eso cree Wolf y así se lo repite para envalentonarse. Es el momento apropiado. Cuando no tiene absolutamente nada excepto un físico débil que lo sostiene y una mente nublada que lo aturde. Nada que perder.

Suena una ambulancia y la ve pasar tras un camión de bomberos y un coche de la policía, como las atracciones de una feria. Sabe que ya antes de los recortes del estado, las mangueras del cuerpo de bomberos de su pueblo pierden agua cuando las someten a presión. Y que el conductor de la ambulancia está haciendo su último servicio, o pasa a voluntariado o abre un restaurante con el finiquito, restaurante que tendrá que cerrar cuatro meses después completamente arruinado.

El incorregible impulso curioso de pueblerino hace que el lobo husmee el aire para saber que es lo que pasa, previendo una tragedia. Se levanta presuroso y sigue la ruta que le han marcado los vehículos.

Camina por una cuesta arriba, tenue, que le obliga a pasar por lo que fue un antiguo parvulario regido por monjas que podría haber pasado perfectamente por aquel de la cripta embrujada, ahora reconvertido y dividido en un garaje, una tienda de cómics Manga cerrado hace un par de semanas y en traspaso, y un edificio de pisos minúsculos para oficinas, todas vacías. Justo enfrente queda la tienda de pinturas de un amigo de Wolf, Riva. lleva toda su vida vendiendo pinturas y toda su vida intentando cambiar su vida, pero no lo hará nunca y ahora menos que el negocio ya solo lo comparte con el hermano. Es un buen chaval y Wolf cree que lo estima más de lo que es estimado por él. Llega a una nueva bifurcación, es un breve llano que une esta cima y otra que se pierde a la derecha más empinada y con escalones, donde se ve una lujuriosa mezcla de llamativos colores son las que emiten las luces de gálibo de la policía, un coche de la local y otro coche de la Nacional, una ambulancia y un camión de bomberos. A medida que el señor Lobo se acerca se introduce en la misma medida en el plató de una escena de la serie Corrupción en Miami, llega Sony Croquet con su ropa eternamente veraniega recibiendo con placer los reflejos pseudo-discotequeros rojos y azules que le reptan por la cara. Cuando llegue a la escena del crimen todos se pondrán a su disposición ipso facto y dará las órdenes pertinentes para esclarecer el crimen. Pero eso no ocurre, antes al contrario nadie parece percatarse de su presencia y lo que el detective Wolf Croquet ve es a un negro enorme entrar en la ambulancia con el rostro algo chamuscado y a una mujer con el pelo también algo calcinado sentada en la acera junto a otro hombre, que Wolf reconoce, es Jimmy el propietario del bar que aún humea frente a él, la chica parece hablarle con dulzura al oído. Se interrumpen cuando uno de los policías la coge del brazo y le pide, por favor pero arrogantemente que la acompañe un momento. La ha comenzado a interrogar y ambos de reojo, miran a Jimmy que deja ahora que un asistente le junte una pomada en alguna herida.

Wolf se siente empujado, no piensa pero actúa y se acerca al herido cuando se queda solo, se agacha para quedar a su altura y le pregunta tiernamente que ha ocurrido, colocándole una mano en el hombro mojado por agua o sudor no sabría decirlo. Jimmy se seca la última lágrima dejando un rastro de hollín en su cara. Aprovecha el mismo trapo para tocarse varias veces el labio roto e hinchado y se palpa el pantalón quemado ahuecándolo. Lo mira para comprobar que ya no hay sangre y que no se ha pegado a la carne, después mira a Wolf  que cree ver en sus ojos un breve destello de reconocimiento, también ve unos reflejos de necesidad y lo ve dispuesto a contar una historia, necesita hacerlo y Wolf ha llegado en el momento justo. Es ahora Robert Redford o Dustin Hoffman detrás de una gran noticia.

¿Ves esa mujer que acaba de irse?- Comienza  Jimmy con la voz algo rota. Wolf asiente y se sienta junto a él, en el adoquín. -La he visto muchas veces, es mi cliente desde hace al menos cuatro años, siempre en la misma esquina…Wolf ve otra transformación, esta vez delante de sus propios ojos. El viejo Jimmy se retrotrae y se engulle a si mismo como un embudo carnal, sus ojos se vuelven para adentro y se habla. Wolf tiene que acercarse y agudizar el oído porque el camarero quemado habla casi en susurros. –  Sentía verdadera pena por esa mujer. Mírala, – el lobo obedece y escucha. – … mírala, sus labios apretados y sus ojos ensangrentados demuestran el derrumbe de una vida, el arrepentimiento insensato y cancerígeno que no conduce a nada. Roma, tan hermosa, vive con el corazón en las tripas y no habla con nadie. El humo la envuelve siempre como en un sortilegio. Café, vino, whisky, ese es todo su vocabulario. Nadie se acerca a ella nunca, su piel desprende el repelente olor del odio y la desgracia. Roma quiere envejecer aceleradamente y lo está consiguiendo. Ella piensa que no hay mayor monstruo que aquel que convierte a su enemigo en monstruo. Roma muere, y cree que ni el tiempo ni el alcohol ni la soledad mata, que solo la muerte mata. Nunca me interesé por saber qué le pasó, me limitaba a limpiar su trozo de barra, allí donde una vez un cliente murió y a servirle otro Whisky. La dejaba sumergirse  en su miseria diaria, en el círculo de sombras de un pasado que se hizo eternamente presente, eliminando toda posibilidad de futuro. Roma. ¿Es hermosa verdad? – Dice mirando a Wolf sin verlo. -Guarda una reminiscencia de lo que fue, y creo que tuvo que ser muy, muy hermosa…

Wolf escucha a Jimmy y se sorprende al comprobar su buena dicción y su deseo de hacerse oír, sus palabras fluyen como en la vuelta ciclista, apelotonadas pero comprensibles, directas y claras. Repasa en su memoria las escasas ocasiones en las que visitó aquel bar. Olor a vino derramado y tabaco de puros, nunca fue de su agrado. Sabe que alguien murió allí. Pero nada más, los rumores en su ciudad se multiplican exponencialmente, por eso nunca prestó demasiada atención a ese hecho. Aquí en A. una caída por unas escaleras en dos días se convierte en asesinato múltiple. -¿Ves a aquel tipo? – Dice moviendo la barbilla en dirección a un hombre delgado que habla con un bombero, y que también dirige miradas furtivas en su dirección. Tiene una gabardina que lleva agarrada de la mano que no es más que un girón de ropa negra chamuscada.

-Gilberto huele a humedad. Este es el segundo bar de su habitual gira nocturna. Su cara se cae a pedazos como el caliche de las paredes de las casas abandonadas. Su gabardina poseía manchas que evocaban a las caras de los diablos de las fachadas de algunas catedrales, a veces de sus bolsillos se le han caído fotos de chicas muy jóvenes. Gilberto no tiene dientes propios y dice que es artista, que un día de éstos me enseñará sus canciones y sus poemas. Sospecho que pegado a la barra alguna vez se ha masturbado mirando a alguna jovencita.

Ahora arrastra las palabras. -Mi asco hacia este personaje y la voz insistente dentro de mi cabeza fue lo que empujó a plantearme y realizar este siniestro plan… – Wolf no puede creer lo que escucha, se siente invadido por una curiosidad sin freno, piensa en publicarlo todo en Facebook. -…Nunca pide nada y suele sentarse en medio de la barra a tamborilear con sus dedos de serpiente. Con las pocas luces del bar, su figura se transfigura en un una fosa oscura y profunda, y si se balancea haciendo pensar que esta mentalmente componiendo, su silueta es claramente la del ahorcado a la contraluz de un ocaso…-Tiene alma de poeta piensa Wolf, justo en el momento que a Jimmy se le corta el aliento, el Lobo siente la tensión y el sobresalto, sigue la dirección de sus ojos que se han quedado fijos en los de Goliat, el mulato, que vuelve a  aparecer en escena saliendo de la ambulancia con el brazo vendado y lo mira con su habitual cara de asesino,  es  famoso en A. precisamente por su “excelente humor y bondad”. Incluso Wolf se pone tenso, nunca le gusto este gigante mal encarado y amigo de las peleas fáciles. M.R. lo rebautizó con el nombre de “El Tocino”.

Se miran mutuamente y en unos ojos hay miedo y en otros hay ira. Wolf se aparta un poco para hacer ver al mulato que está allí por pura casualidad que apenas conoce a Jimmy. – Dicen que es medio negro pero en realidad tiene el color ocre propio del lomo de las cucarachas, ¿no te parece? – Continúa Jimmy sin apreciar la cobardía de Wolf. – … aunque excesivamente brillante debido a la constante sudoración. Suele venir a mi bar y ordenarme su combinado de Ron, amenazando con romperme los huesos si antes de llegar a la barra no lo encuentra ya servido. No sé si lo conoces, pero Goliat no habla si no es mostrando su mala leche. Su volumen y fuerza de nacimiento hizo que pasara rápidamente de ser ridiculizado a ser temido. Era mi mayor problema. Sólo paga si está de buen humor, y eso habrá ocurrido un par de veces. – La frase “era mi mayor problema” queda flotando en los oídos de Wolf. Hoy no se quitó su chaqueta y se bebió demasiado deprisa el cubata. Esto me hizo actuar antes de lo previsto… -Wolf vuelve a acercarse nuevamente interesado. -…disimulando me dirigí a la única puerta de salida y la cerré, las llaves las tiré por la ventana enrejada, esa de allí -Dice señalando una columna de humo negro-. Roma se dio cuenta de aquello y me miró sin decir palabra. A ella creí hacerle un favor, en cuanto a Gilberto el favor se lo haría a la sociedad, por último el caso de Goliat era personal.

Calla durante un rato, poniendo en orden sus palabras, Wolf no lo interrumpe pero arde en ganas de oír la historia completa. Cuando vuelve a narrar lo hace en presente reviviéndolo todo de nuevo y Wolf no cabe en su gozo.

-Los tengo al fin reunido a los tres, ha sido fácil pues son clientes habituales. Goliat suele venir a esta hora, a Roma la he entretenido invitándola a otro trago y a Gilberto le dije ayer que andaría por aquí la joven Rosita. Tal vez me equivoque y ninguno de ellos merezca morir, pero son tan arrogantes, viven en un mundo tan ocupado de ellos mismos, que no han notado el olor a queroseno que impregna toda la barra y muebles del bar. He vuelto dentro de la barra después de tirar la llave y juego con una caja de cerillas entre mis dedos. Tal vez el único que merezca la muerte sea yo mismo. Treinta y cinco años detrás del mostrador, sirviendo copas y almacenando odio a base de un supuesto conocimiento de las personas. He sido confesor y cómplice silencioso de los desvanes mentales de cientos de clientes, degenerados, borrachos, desgraciados, alienados, incluso asesinos y violadores, estúpidos y engreídos. Desde mi posición de Dios que sirve drogas legales los escucho. Y almaceno odio. Por no hacer nada durante todo este tiempo, por no mover un dedo, ni un pie, por tirar toda mi vida, asustado de Goliat, asqueado de Gilberto o piadoso con Roma. Por no haber vivido mi propia vida. Merezco más la muerte que todos ellos. Y así será. Así hubiera tenido que ser…

El matón se levanta con un bufido al arrastrar la enorme mole de su cuerpo. Mi corazón trata de huir derribando los huesos que lo atan, no quiere saber nada del cerebro que hoy lo gobierna. –Abre esta puerta desgraciado– Escucho desde los confines del mundo. Mis dedos han encendido la cerilla y miro a Goliat que arruga las cejas mirándome. El mulato no es tonto y ahora percibe el olor de la gasolina. Murmura algún insulto y corre a mi encuentro, es entonces cuando la cerilla cae y la barra se ilumina con un efecto dorado y cálido. El mulato frena en seco y aprovecho para rociarlo con un difusor, un limpia maderas ahora relleno de líquido inflamable. Se ha cubierto la cara pero sus brazos arden instantáneamente. El flaco y la desgraciada miran aterrorizados e inmóviles la escena que brusca e inesperadamente ha cambiado la noche.

La primera reacción de Gilberto es la de correr hacia la puerta, la golpea y zarandea, pero cuando una llama le acaricia la espalda comprende que era una trampa, que todo había sido organizado por ese camarero anodino e invisible. Roma se aparta de la barra justo cuando el gusano encendido llega hasta ella y contempla el fuego embobada durante un instante, mira al mulato que intenta apagar el incendio que lo va envolviendo y después mira al pederasta golpear la puerta, gritar y llorar asustado.

Me mira a mí, que lo observo todo impasible, recibiendo el calor como una liberación. Está todo hecho y no me siento ni bien ni mal, no tengo miedo, solo una profunda tristeza.

El fuego se expande rápidamente por todo el local, el humo negro y espeso hace su aparición en columnas vivas que se mueven buscando corrientes de aire. Todo arde en pocos segundos.

Pero la reacción de Gilberto es inesperada,  se  quita su raída y asquerosa gabardina y se abalanza sobre el corpachón de Goliat e intenta sofocar las llamas que lo cubren. Sabe que es el único que puede abrir la puerta derribándola. Roma me está mirando y se acerca. Yo no haré nada para atrasar el final. La mujer atraviesa las llamas para llegar a mí, arde parte de su rizado y sucio pelo. Espero que coja algún utensilio del interior de la barra y lo use para matarme, como venganza de lo que está ocurriendo. Pero Roma no hace eso. Roma apaga parte de su ropa que ha prendido y me mira. Quita de mi mano el dosificador con el que prendí al mulato. Roma me mira y me toca la cara. Roma me mira y después me abraza dulcemente. Yo no lo entiendo, pero mi alma se abre en canal y me desplomo. Roma me aprieta fuertemente y me besa en la cabeza. Entonces mis lágrimas salen en tromba, lloro como un niño perdido en una guerra, me quedo sin fuerzas y ella me sostiene. Me acaricia el pelo y entre nubarrones de lágrimas y humo negro la veo sonreírme. Me deposita dulcemente en el suelo, como a un herido.  -Te entiendo– Me dice. –Pero hay otros mundos

Mi desconsuelo y terror no tienen límites. A mi mente llegan en tromba el arrepentimiento y la pena, el desasosiego infinito de una vida errada y un final estúpido, patético. – Tiene que haberlos… – Escucho golpes secos a espaldas de la mujer que me habla, la puerta se quiebra y el fuego aumenta con el nuevo alimento. Gilberto agarra a Roma por la espalda para sacarla de este infierno. Le digo con la mirada que se vaya, que me deje allí. Ella niega con la cabeza pero tiran de ella y desaparece entre una espiral de lenguas de fuego y espeso y asfixiante humo.

El bar arde y las tablas de las sillas y mesas crujen. Desde el suelo veo y escucho como revientan las botellas de licor por el calor, lo que aviva aún más las llamas. No hay fuerzas, sólo la pereza del derrotado, el victimismo del inútil, el consuelo del muerto. No hay dolor aunque algunas llamas escalen ya por mi ropa. Las lágrimas vertidas con Roma me han depurado, ellos vivirán y me alegro; volví a equivocarme. Merezco este final.

Pero cuando me entrego al vacío de mi final escucho un bronco grito, enfurecido y peligroso. Mi corazón se despierta de nuevo al miedo y unas chispas me salpican muy cerca, como mosquitos encendidos. Un madero que cae en algún lugar y una nueva maldición. De entre las tinieblas un ser con el rostro quemado aparece justo a mi lado. Pienso que debe ser algún diablo que ya viene a por mí. El puño que golpea mi cara es de un hombre grande, fuerte y de piel oscura, del color del cobre gastado. Casi pierdo el sentido. –Te sacaré de aquí pero te juro que te romperé las piernas–  Escucho débilmente después de recibir una segunda hostia aún más grande que la anterior. No te lo puedes ni imaginar, casi me parte el cuello. Después como si fuera otro cuerpo, puedo sentir como me eleva y me coloca sobre su hombro, siento el calor que me quema la cara transformarse en fría brisa nocturna. Débilmente, con los ojos húmedos de humo logro ver como el bar arde y arriba hay estrellas que brillan.

Guarda silencio y vuelve a sonarse los mocos. -Intenté matarlo y él me salvó la vida.  Es para volverse loco ¿no crees? En cualquier momento cuando todo esto pase me buscará y me dará una buena paliza, y la recibiré con mucho gusto porque, la mereceré. Puede que incluso antes vaya a la cárcel, no lo sé. Pero creo que, al final, todo esto ha sido para bien, me siento diferente, cambiado en lo más profundo. ¿A quién no? En cuanto salga de esto y pague el castigo que me quieran imponer  cogeré una mochila y me iré, caminaré como lo hacían Querouac y compañía. Solo el pensarlo me llena de alegría… ¿Cómo te llamas?- Pregunta de pronto mirándolo como si lo viese por primera vez. -No importa. Contesta el Lobo. Pero me das una envidia que ni te imaginas.

El recinto ferial improvisado se va llenando de curiosos, Wolf se percata que es uno de los protagonistas de la película. La gente mira y saca sus propias conclusiones de lo que ocurrió. Entre el gentío la pelirroja lo mira muda de preocupación. El niega levemente con la cabeza y ella descansa sus hombros aliviada. Ella sabe cantar “Eyes in the sky” exactamente igual a Alan Parson.

Antes de que la policía lo expulse de allí y la gente lo abuchee por “guay” decide terminar bien la escena, se despide de Jimmy deseándole suerte y se aleja de él con paso medido, seguro, pues el Lobo ha conseguido ser por unos segundo el admirado Sony Croquet de la teleserie, camina hacia la pelirroja dejando atrás un caso resuelto. La mira y antes de que ella le pregunte qué ha pasado le muerde el labio. Ella continúa con el beso pero no demasiado. Para no caer en el ridículo de una “cobra” la agarra por la cabeza y se desliza hasta el oído. – Ha sido Jimmy que le ha prendido fuego a su propio bar- Ella abre los ojos afectados por la sorpresa.

Wolf escucha en su nuca “eso no es totalmente cierto”. ¿Cómo? Pregunta  para que desaparezca la sensación de vello erizado en su espalda. ¿Qué? Contesta ella. ¿Has dicho algo no? Insiste Wolf. No, no he dicho nada –Responde la chica.

Extrañado y un poco cortado pregunta si conoce a los otros protagonistas del incendio. Contesta que alguna vez vio a Goliat y en otra ocasión el flacucho trató de hacerse el gracioso con ella. –Aham. –responde sin darle mucha importancia. Ella lo mira y se despide con un “me están esperando”, nos vemos pronto… Wolf apenas la escucha, en su lugar otra vez el susurro le acaricia las neuronas, alertándolas. “El incendio fue provocado a medias”. –Qué coño… – Las frases no tienen dueño, no hay nadie cerca de él e I. ya le ha dado la espalda y se aleja. Momento que aprovecha para relamerse viendo caminar un cuerpo bien formado.

“Caminemos Wolf” Como una orden aquella frase le recorre la espina dorsal convirtiéndola en espina de pescado. Wolf siente un terror infantil, el que provocaba horas de insomnio por el temor a los fantasmas que habitaban debajo de la cama o alrededor de la manta, esperando que un pie saliera de su cobijo para ser agarrado con crueldad y arrastrado a los infiernos de manera súbita.

Wolf sigue creyendo en fantasmas y percibe con seguridad la presencia de uno. Así que camina con paso ligero sin dirección, a la espera que esa sensación desparezca. En su lugar recuerda frases de la conversación que mantuvo con Jimmy; me limitaba a limpiar su trozo de barra, allí donde una vez un cliente murió. Y aquella otra; La voz insistente dentro de mi cabeza.

Baja de nuevo por las escaleras y gira a la derecha, maldiciendo el hecho de que las calles están cada vez más oscuras. Camina presuroso hasta una plazoleta que nunca hasta ese momento había pisado. Sube por unas escaleras dejando atrás un estanco donde compró por primera vez tabaco de liar, inmediatamente coge un Chesterfield y lo enciende, lo que le obliga a pararse para fumar. Es en ese instante cuando advierte con total seguridad que el fantasma sigue con él. Wolf se sienta, igual que cuando era pequeño, acurrucado en si mismo. Con toda la piel suministrándole energía cinética. Wolf oye una respiración en su oído malo, el que tiene 40% de perdida. Está escuchando una voz o su profusa imaginación vuelve a jugar con él. Prefiere creer que imagina y se deja llevar, o tal vez escucha con más atención…

Hay quien se siente y piensa mejor contemplando el estático y blanco cielo que existe encima de su  cama, durante horas imagina que son posibilidades para sumergirse en mundos submarinos de abstracción y olvido, de pereza y cobardía, también de heroicidades y galanterías.

 Hay quien lo hace con el negro movimiento del asfalto bajo sus pies, con la oscura y brillante velocidad de los ríos de alquitrán que marcan sus pasos, al escalar con pequeños saltos las montañas de adoquín de las aceras o también al cruzar los salvajes paramos de losas de hormigón en busca del bohemio  deambular del camino eterno.  

Yo soy de los que disfrutan de la variedad cromática de las betas de la madera en la barra de un bar.  De los que huyen del sonido con el ruido, de los que dibujan excentricidades húmedas con el culo de un vaso, de los que se hunden en las arenas movedizas del anonimato, y se esconden como arañas pegadas a la pared, mimetizadas con las sombras que exhalan las nubes del alcohol…

¡Alto, alto! –Casi grita Wolf. -¡¿Qué significa esto?! ¡Estoy escuchando o describiendo a alguien o estoy hablando de mí mismo o que pasa! – Wolf se encuentra algo aturdido por la velocidad que había cogido su imaginación, así tan de improviso, como si él mismo fuera incapaz de coger las riendas de su propia ensoñación. Para Wolf es normal perderse, es lo normal imaginar sin parar, pero sus historias inventadas no tienen tanta fluidez, tanta prisa por ser contadas. Él se entretiene en describir pequeños paisajes y detalles, florituras inútiles que le hacen disfrutar del trayecto de inventar cualquier cosa, repasa o vuelve hacia atrás en la historia para recontarse un pasaje o corregirlo y volver a verlo de diferente forma. Pero ahora, esto que nace desde algún lugar de su cabeza parece no pertenecerle, crece y corre con premura, incontrolable y como si ya estuviera escrita.

… Has terminado Wolf? Puedo seguir contándote mi historia, Creo que no tengo mucho tiempo y me apetece compartir esto que me ha ocurrido con alguien. Te pido, por favor que no me interrumpas más.

Wolf sonríe orgulloso de la auto ironía ejercida, gozoso del poder de su imaginación. La sospecha de una sombra que acecha y que le dice que no es él si no otro el que narra trata de hacerse ver pero Wolf mira para otro lado, por temor a tener razón.

Mis pensamientos… digo, siempre han recorrido el frágil trayecto que dibujan las esquirlas de niebla de una mente aturdida y asustada, de un espíritu ridículo y estúpido, de una alma pérdida en la duda. Fui un individuo que nunca supo desentrañar con exactitud dónde estaba el principio de un páramo o el filo del abismo. Por eso el alcohol daba cierta seguridad al mundo. Lo convertía en algo suficientemente irreal para tener la seguridad de que no era fiable, podía al fin culpar a algo que no fuera exclusivamente a mí mismo. Si bebía, reconocía que la realidad era débil. Si no bebía, esa misma realidad adquiría unos límites demasiado exactos, se convertía en algo opresivo y grotesco, que presionaba mi cabeza hasta que creía que me harían sangrar los oídos. Todo me parecía absurdo y teatral, carente de una lógica donde sostener mi agotamiento físico. Me fui alejando del mundo porque éste no se mantenía lo más mínimo, no podía agarrarme a algo que estaba continuamente cayéndose.

Te cuento esto Wolf, porque he aprendido a leer en las personas y, o mucho me equivoco o algo parecido te pasa a ti.

Claro, soy yo quien inventa este cuento. – Se aclara Wolf.

Bueno, vale…pero Yo, el que te habla, te lo repito, necesitaba del alcohol para que mi mente adquiriera el vaivén que el mundo necesitaba. Para bailar al mismo son que la sociedad febril y estúpida que me rodeaba no me arrastrara y me aplastara sin piedad. Necesitaba la distancia que permite al borracho desaparecer y ocultar así  la necedad del ridículo que produce estar fuera de lugar siempre, de ser ajeno a cualquier acción o actitud. Beber para soportar el agobiante hecho de no pertenecer a nada absolutamente, ni tan siquiera a mi propio cuerpo. Seguir bebiendo para entender mis propias alucinaciones que me hacían ver a los hombres como el alimento de una luciérnaga, gigante y brillantísima, que infectara de peste a todo aquel que la mirase.

Durante los últimos tiempos, no me importaba la hora, siempre estaba en la noche.

En el fondo de mi pecho, existía una débil luz que me hablaba de la realidad de los hechos, de su inevitabilidad y el deber de la aceptación pero todo mi deseo era apagar esa llama. Seguir la voz suplicante que tiraba de mí hacia un lugar donde no odiara, por incomprensible, todo lo que me rodeaba. Seguir danzando, bailar, borracho, para esquivar el pensamiento febril de no soportar ni el momento ni el lugar.

Nunca fui adicto a ninguna droga ni mucho menos al alcohol, era más bien un útil, el refugio de un forzado a las galeras de un mundo abrumador y demasiado pesado, como ya te he dicho.

Sí, ya sabes, las luces de neón que te dicen por dónde ir, los monitores siempre encendidos que te dicen que pensar, las leyes de unos pocos que pisan a los que no somos de allí, las ropas ajustadas y obligadas, el camino recto y claro que prohíbe la visión de alguna posibilidad, la culpa siempre a remolque, las manos atadas con la mente, los ojos ciegos por tus propias manos… Excusas mil.

El odio y la fatiga de cargar con un mundo culpable de ostracismo. Culpable yo por inadaptado.

¿Entiendes lo que te digo verdad Wolf? El mundo, quiero decir… el sistema, la sociedad, todas esas palabras que ya perdieron su contenido y que convierten tu propio mundo, tu propia vida en algo grotesco e inservible.

Wolf/ Pitt susurra “Somos la mierda cantante y danzante de este mundo”. Se sorprende aceptando con inclinaciones de cabeza, lo que dice ese ente, que ya ha aceptado que existe y que se empeña en hablar. Allí sentados ambos, en las escaleras del estanco, uno habla y el otro escucha. Un cigarro se enciende por el único de los dos que es visible.

No soy en absoluto especial, ni más sensible ni más rebelde, si acaso más débil. Durante mucho tiempo esa debilidad la sostuvo el único cabo que aún me ataba al resto de conciencias que caminaban, hablaban, compraban y vendían; y fue como cabe imaginar, mi mujer, la más hermosa de las criaturas  que jamás conocí, que aguantó estoicamente en el muelle de la paciencia ver cómo el barco de mi cordura zarpaba una y otra vez y bogaba cada vez un poco más lejos. Para cuando en mi navegar en el barco de los locos, uno de mis yoes lograra mirar a puerto la encontrara a ella, sola, esperando.

Debí entender que para sobrevivir a este mundo lo único necesario era un poco de amor, el infantil sentimiento que recrea muros de cartón que protegen fuertemente la mente más estúpida y la  redirigide a la belleza escogida. Así, todo se hundiría menos el enamorado. La guerra es hermosa si en ella te enamoras. ¿No te parece?

Pero no fue suficiente y mi perturbada mente no necesitó nunca de excusas para cometer las más grandes torpezas. Apoyado en la esquina, medio oculto en el lugar peor iluminado del bar, mi cabeza se derrumbó  sobre el baile lujurioso de todas las tonalidades de marrón posibles de la vieja barra de madera. Un olor a carcoma y una mejilla húmeda fueron mi cama y mi almohada.

Pasaron dos largas horas para que un cliente descubriera que no era un borracho más, sino un vivo menos.

Al escuchar aquello la piel de Wolf adquiere un tinte violáceo y los vellos de la nuca se enderezan a base de escalofríos.

Tomé la decisión al descubrirme en la soledad,  porque me mintió, ¿Sabes? Me engañó, me dijo que llevaba algún tiempo con otro hombre, y yo, que la creía el refugio más seguro, el único lugar de descanso, no pude soportar aquella frase salir de sus labios. En el instante que escuché aquella revelación, dejé de sentir atadura alguna con este mundo; fue casi como una liberación, una sensación de pérdida física, sentí una verdadera levitación del frío suelo de la cocina y estúpidamente, poco después, aquí cerca, en ese bar que ahora es un derrumbe de carbón y cristales, un cóctel de Vodka y antidepresivos se llevaron mi vida.

Efectivamente me engañó, me mintió, nunca estuvo con nadie, sólo buscaba una reacción en mí, un modo de recuperarme, de volver a centrar mi vida con un último  y desesperado intento, pero era demasiado tarde, y no supe ver la mentira en sus ojos. Tan perdido estaba que mi cabeza aturdida solo vio esa salida.

Después ella misma ha querido seguir mis pasos con el alcohol y se ha estado refugiando en la miseria de la culpa en ese mismo bar, en la misma esquina donde encontraron mi cuerpo. También trataba de acabar con su vida. Me amaba, lo sé, y eso debió ser suficiente.

Roma… –Susurró el Lobo

Era en esas ocasiones en las que la veía, apoyada en la barra con la mirada perdida y el cuerpo empapado en alcohol, cuando un dolor verdadero, carnal, ardientemente físico, volvía a escalar todo mi etéreo cuerpo y hacía que me retorciera en la más pura angustia. La observaba día tras día, culpándose de algo que fue inevitable, convencida como estaba que su decisión, su mentira, me mató. Ahora tú sabes que no fue así. Y he pagado mi culpa al ver como se destruía diariamente, y eso era lo que no me dejaba partir…

Hay otros mundos nena, al fin me perdonaste…

Apenas logra escuchar esta frase, cosa que lo convence aún más de que hay alguien, ajeno a él, sentado a su lado.

Por mi parte nunca pude imaginar la existencia de esta maldición, del dolor de ver la degradación de un ser amado durante cuatro largos años, mientras  levitaba a siete centímetros del suelo, y permanecía encerrado entre las paredes de aquel bar. No soy creyente de ninguna religión o idea trascendental de la vida, sin embargo me castigaron. Sea quien sea, alguien me prohibió salir de allí. Tal vez o muy probablemente fui yo mismo, que no me permitía descansar hasta ver a mi mujer  libre de todo sentimiento de culpa.

Fantasma soy por mis errores. Y los fantasmas somos distintos, somos pura sombra, solo sentimiento y  pensamiento. Profundo dolor de lo que fuimos e imagen gastada de nosotros mismos. Rencor temporal de un pasado anclado en el presente.

Ahora ya lo sabes, soy un fantasma, aquí sentado contigo, charlando tranquilamente, pero no te asustaras porque quieres creer que eres tú mismo hablándote, y eso está bien, porque me permite contarte una historia que sé que alguna vez escribirás y así definitivamente se sabrá la verdad de lo que pasó allá abajo, en el bar. Y Se conocerá mi historia, que es lo que me interesa, tal vez algún día, mi mujer pueda leer lo que vas a escribir y lo entienda todo.

Sabes, los fantasmas no dormimos, si descansase soñaría y el sueño es la clave para saber que todo ha terminado. Y ahora mientras hablamos tengo sueño. Al fin tengo sueño. 

Los fantasmas percibimos el tiempo de forma distinta; no es lineal, se mueve en dependencia de las propias obsesiones, de los miedos y preocupaciones. A veces pasaban semanas enteras y lo único que ocurría delante de mis ilusorios ojos era la visión de mi mujer, bebiendo y llorando, envejeciendo. Cómplice inmaterial de su autodestrucción. Te aseguro que no es en absoluto agradable. Una maldición, sin duda.

El fantasma que soy no es el muerto que se cree. Respiro nada pero huelo el sudor, no tengo posibilidad de tocar pero percibo un huracán de sensaciones, observador invisible de lo más profundamente oculto de los hombres; si miro sus ojos fijamente puedo llegar a escuchar claramente lo que piensan, y ellos pueden verme, de reojo, y por un instante, como lo que soy, oscura sombra que observa. 

La piel de Wolf vuelve a erizarse porque, efectivamente, una sombra se mueve junto a su codo y pierna izquierda.

Ser espíritu, ente sin cuerpo, también tiene ciertas ventajas. En este estado, no es un impedimento seguir aprendiendo e interactuar; sé que puedo hacer ruidos que los vivos escuchan, pienso que cierro una puerta y se escuchará cómo se cierra aunque esta permanezca abierta. El tiempo me ha enseñado a mover pequeños objetos, sobre todo de cristal que se rompe si me concentro intensamente. Además, puedo influir en las personas. Si les hablo al oído, ellos pensarán que son voces propias, diluidas y lejanas de su propio subconsciente lo que oyen, ¿Verdad Wolf?…  – Y Wolf traga saliva – y sé que pueden obedecer si con paciencia se les educa a ello. Algo de esto le pasó a Jimmy, fui yo quien le incitó a que te contara su versión de esta historia, fui yo quien te empujó a sentarte junto a él.

Esto precisamente es lo que he hecho durante los últimos años con este camarero y también con mi propia mujer. Él también es depresivo, también solitario, toda la vida esclavo de su bar, en demasiados aspectos parecido a mí. Creo que le hice un favor.

Diariamente les hablé al oído, a él de la oportunidad de empezar cada día de cero. De romper con todo su pasado lastimero que le había impedido avanzar como persona. Le insuflé el odio hacia ese bar que lo mantenía preso. Y le hablé de la libertad del camino, de la carretera y de los campos abiertos. Cosas que quise para mí. De dormir al raso y romper con el aliento de alcohólicos y las solitarias noches de televisión. De abandonar el miedo, la pena o la ira hacia algunos clientes, y pensar solo en sí mismo. En llenar el espacio de su corazón que el bar lleno de espanto. Del fuego liberador y del derrumbe de las piedras que sostenían aquel lugar. Es cierto…Se dieron ciertos daños colaterales en el incendio, pero no puedo controlar al cien por cien una persona. Salió así y no estuvo del todo mal.

A ella le hablaba del perdón y del error. Diariamente le susurraba que era inevitable, que estaba loco y que ella no tuvo nunca nada que ver. Con ella charlaba de muchas cosas, porque podía saber lo que pensaba con extrema facilidad a través de sus ojos. Y le pedía que abandonase ese lugar, que su belleza y bondad merecían otra oportunidad, que debía dejarme marchar para que ella también pudiera recomenzar. Que existían otros mundos, otros momentos. Miles de luminosas sorpresas esperándola. Le pedí mil veces que olvidase aquella que fue mi tumba y que no debía ser la de ella. Le hablé de mi vida, paso a paso, para que reconociera al fin que ella no tuvo nada que ver en mi fatal decisión.

He tardado cuatro años y hoy, al fin, se cumplieron mis deseos. La semilla que todo este tiempo planté en el corazón y cabeza de Jimmy  germinó. Y aquello que nos mantuvo presos, ha sido destruido. Esta mañana vi como  roció con varios litros de queroseno  todo el local, y el resto lo guardó detrás de la barra, bajo el fregadero.

También vi a mi mujer de forma diferente, más hermosa; sus latidos iban más deprisa, intuía algo, la vi sonreír.

Necesitaba la libertad de la muerte y para eso, mi mujer tenía que perdonarme y ese lugar tenía que desaparecer. Ahora los tres somos libres…

El silencio se hizo en la cabeza de Wolf. Miró varias veces a su izquierda pero no vio a nadie. Esperó ver una luz blanca y a Patrick Swayze despedirse de él. Pero nada de eso ocurrió. En su lugar vino a ayudar la autocrítica y supo que había pasado; Su calenturienta mente había guardado los extraños delirios de Jimmy y había parido aquella rocambolesca historia, en cierta medida parte de su propia vida. Ya está, todo resuelto. Wolf escribirá este cuento cuando llegase a casa. Con esto bastaría para quedarse plenamente convencido de que todo había sido imaginado. Sería un buen relato de terror. Y no volvería a asustarse de su sombra.

Pero no fue así, apenas se consumió el cigarrillo cuando volvió a escuchar aquella voz en su cabeza, como si fuera propia.

Gracias por escucharme Wolf, gracias por escribirlo. Ahora si me lo permites me echare aquí mismo en este escalón a descansar un poco.

Wolf sin embargo pega un salto y se aleja de aquellas escaleras con un trotecillo ridículo, de nuevo asustado. Camina con el mismo paso acelerado con el que huía de la oscuridad al salir del baño, de noche por el pasillo, en la infancia, para meterse entre las sabanas y ocultarse de todos los diablos y fantasmas que habitaban su cuarto infantil…

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