0/ Llueve, llueve y parece que no va a acabar nunca. Las lágrimas se unirían a la lluvia, su pañuelo no secaría nada más. Cansada la pena, que se cinceló durante años en su rostro, la abandona a veces. Podría volver a escribir; una carta de amor, una situación… Pero en vez de eso toca suavemente el viejo sofá desteñido, raído y húmedo mientras se niega, no admite, se esconde y huye. Enciende un cigarrillo para mezclar el sabor del agua que la anega por dentro y por fuera. Observa el mostrador y las escaleras medio podridas que suben a las habitaciones. A la 27, a la 31, a la 21… Sigue sola… ¿Como siempre? Cierra los ojos, huele la madera y el ozono y eso le lleva a la distancia, al recuerdo real o imaginado, perdido, mutado, reencontrado en cualquier caso y se concentra en un nuevo final. Podría volver a escribir, intentarlo de nuevo, cambiarlo todo. Si pudiera.

Un levísimo rayo de sol se escurre por entre las vigas, es una buena señal. Tal vez deje de llover.

 

1/  Llovía, detrás de la ventana llovía, durante una eternidad el agua no dejó de caer. La humedad calaba las paredes de un viejo hotel de las afueras de una pequeña ciudad.

Hacía tres días que esperaba, tres días pegado a la ventana mirando el agua desplomarse pesadamente, ininterrumpidamente. Tres días sin que el hotel recibiera cliente alguno, sin que nadie entrara o saliera de sus habitaciones o de los aparcamientos. Solo el agua daba movimiento a través del cristal. El humo espeso del cigarro parecía acuoso, sinuosa lombriz blanquecina, cancerigena, que se resbalaba contra la gravedad y reptaba en el ambiente húmedo de la habitación, sonó una queja de aire que se estrelló contra la ventana, humo que quisiera unirse a su hermana que corre libre en el exterior. A veces, cuando solo vislumbraba siluetas volvía a coger el raído trapo que alguna vez sirvió de pañuelo y abrir un círculo desempañando el cristal. Repitió el lento movimiento de encender un cigarro y comprobó que el nivel de agua superaba el adoquín del acerado. Llovía, y parecía que no iba a acabar nunca. El ambiente gris plomizo de la calle oscureció. Otro día más que tendría que esperar.

Abandonó su habitación, la nº 21, siguió la delgada alfombra roja que unía las habitaciones y caminó por el corredor siguiendo la dirección del comedor. Un penetrante olor a colonia inundaba todo el hotel, como si fuera el agua la que desprendiese tal fragancia. Escuchaba silenciosamente el débil chapoteo de sus pies al pisar el enmoquetado suelo empapado. Sentía frío, más por la humedad que le rodeaba que por la temperatura real. En las paredes del pasillo comenzaban a aparecer pequeños hilos de agua que despegaban el empapelado sucio y viejo. Una gotera al fondo del pasillo tintineaba acompasadamente en el interior del balde que alguien, inútilmente, había colocado en aquel lugar, rebosaba creando una minúscula cascada que servía de afluente al alfombrado. Justo detrás, pegado a la esquina, la tarima que soportaba la lámpara quedó oscurecida  repentinamente, el agua había provocado un cortocircuito y ahora todo el hotel se encontraba en penumbras. Al doblar la esquina apareció la escalera que llevaba al recibidor, a tientas lo bajó. Detrás del mostrador, como siempre, se encontraba el propietario de aquel hotel. Viejo, demacrado, con algo que bien podría ser moho o algún tipo de algas sobre su macilenta tez, miraba al vacío y de soslayo al deslucido sofá que soportaba los años con el y que igualmente, esperaba.

La luz grisácea y mortecina que se adentraba desde el hall a través de la doble puerta acristalada de la entrada al hotel era incapaz de soportar la carga oscura que, como mano de anciana temblorosa suministraba de oscuridad todo el interior.

-¿Siempre llueve en este hotel? -Dijo siguiendo la dirección de su mirada. – Debe ser horrible.

El viejo arqueó las cejas y mirándolo con incredulidad contestó. – Te acostumbras.

-¿Hay alguien más aquí? ¿En alguna habitación?

-Si, un hombre,

-No lo he visto.

-Lleva seis años sin salir de la 27.

-¡Caramba! ¡Seis años! ¿Por qué?

-No lo se, ni me importa. Paga bien, no da ruidos, come y lava su ropa, no me puedo quejar.

-¿Nadie más?

– Hoy llegan nuevos clientes, una pareja reservó una suite. Mira ahí llegan.

Por la puerta apareció, efectivamente, un joven algo desaliñado que hablaba consigo mismo bastante animado, cargaba con varias maletas y una amplia sonrisa apareció en su delgado rostro al ver al conserje y al inquilino como lo observaban.

– Buenos días tengan ustedes. -Dijo el recién llegado.

El joven no dejó de sonreír un solo instante, dejó las maletas en el suelo y se dirigió al señor que ocupa un lugar tras el mostrador.

-Tengo reservada una suite. Para mi y mi mujer.

– Su mujer. – Repitió el conserje.

– Si, somos recién casados. Pasaremos una noche y continuaremos al amanecer en nuestro viaje de novios.

– Ya. –Contestó.

-Un tiempo estupendo ¿verdad?

-Desde luego, -Contestó irónicamente mirando de reojo a Raimond el inquilino de la 21 que permanecía en silencio. Después cogió la llave y dijo; es la 31 ¿Cenaran… Ustedes?

– Si, por favor, traemos el hambre de mil demonios.

Cogió la llave con una mano y las maletas con la otra con un hábil movimiento. Después dijo – Vamos cariño.

Los dos hombres le observaron subir las escaleras

2/ Una mujer algo menuda pero con formas muy marcadas hizo su aparición en el hall del hotel, había estado esperando todo este tiempo en la puerta, bajo la lluvia, pero su ropa y su pelo castaño permanecían extraordinariamente secos. Era algo pálida y su rostro aparentaba más edad de la que realmente tenía. Su aspecto serio junto a unos ojos negros y profundos invitaba a tomarla en serio. No dijo nada, altivamente miró a los presentes y continuó tras su marido.

– Está  bien este hotel ¿Verdad? – Dijo el muchacho mirando el número que pendía de la llave mientras trataba de mantener el equilibrio con las maletas.

– Sí, está limpio. – Contesto la mujer lánguidamente.

– Esos dos tipos no te han saludado.

– Da igual Benjamín.

– No entiendo que pases desapercibida, si eres preciosa. Todos deberían quedarse embobados contigo.

– Anda ya. -Dijo sonrojándose.

Benjamín admiraba a su mujer por encima de todas las cosas terrenales y etéreas. A veces dudaba de su suerte por encontrar a alguien como ella, que conocía sus más íntimos deseos, que se adelantaba un segundo a cada pensamiento o acción. Que le cuidaba y le hacía sonreír, que le decía lo que no sabía. Bellísima en su blancura y con aquel morboso tintineo de sus caderas. Benjamín dudaba de su suerte pues creía que el mundo estaba regido por una balanza que todo lo equivalía, así que toda la suerte acumulada en aquella hermosa mujer tendría que acarrear de un momento a otro un cambio funesto en su vida.

-Eres la criatura más maravillosa que existe, y eso no puede pasar inadvertido. -Dijo mientras dejaba caer las maletas en el suelo y la abrazaba.

– Cállate hombre – Susurró dejándose hacer y besándolo.

Abrieron la puerta sin dejar de besarse, entraron sin mirar. Cerraron y volvieron a abrir para coger las maletas olvidadas. Se tumbaron en la cama mientras se olían y desnudaban. Se miraban y se palpaban. Cuando tiraron de las sabanas que cubrían la cama encontraron la carta.

3/ En la habitación 27 ya no entra el sol. La habitación más pequeña del hotel huele a lejía y siempre está inmaculadamente limpia. Los enseres son sobrios, lo único que llama la atención es una Yost Del 36, con una pequeña lámpara acompañando la máquina sobre una mesa de caoba con dos cajones vacíos. Allí se sienta Leonard cuando no está limpiando y escribe:

Si te miraba así no era por rencor pues no tengo edad para eso. Simplemente no tengo las ideas claras, se acaba mi tiempo, aunque suene teatral, realmente el tiempo se agota.

No dudo que no existan opciones, que la velocidad todo lo devore como la serpiente al huevo, hinchándola un momento hasta digerirla y posteriormente recuperar su estado natural. La velocidad, repito, que nubla el sentido confundiendo la realidad, que aturde el presente borrándolo cruelmente. Obligándonos, inconscientemente, a sobrevolar el momento, evitándolo y rehuyéndolo.

« No somos, seremos».  Esta es la máxima que nos encarcela. El cansancio de una impostura, eso es lo que soy.

 Si tan solo el mirarte golpea en mi mente como una pérdida de tiempo. ¿Que otra señal espero?

En mi cabeza, ya lo sabes, otra vez la alegría del desembarco, de la despedida a lo común. La necesidad latente, conflictiva, de otro mundo.

¡Aquí me duelen los huesos!

Y tras tu mirada el retardo, un día más, una semana, un año, una vida. La debilidad de los sueños es tu figura. No, no pretendo descargar mis desencantos contigo, esto no es una carta. Solo que me veo en la necesidad de saltar por el precipicio, ¡Otra vez el teatro!

 Que el árbol que me cobija, la rama que me ata y me impide volar, aunque sepa deshacer el nudo pero no quiera, sea tu aliento, tu calor y tu temblor.

Que todo el desorden maniático de este sistema perfecto y caótico, del andar hacia delante sin mirar a los lados, de pagar facturas y ver televisión, no sea un infierno, que la moneda con la que pagamos sea la de nuestros hijos y añoremos el sonido de un animal. Que el plomo de las paredes se derrite a nuestro paso, intoxicándonos. Todavía no sea un infierno se debe a ti. A nadie más.

Y que nos confundamos, para bien y para mal es el pilar que sostiene el mundo, es la seguridad del saber que no estoy solo.

Pero eso, eso no es todo.

Mi mente, mis ideas, ego summum. Lo que es para mí. La totalidad de mis yoes. La definición exacta de mi mismo se debilita. No encuentro un lugar para contemplar la lapidación de mi escasa obra. Lo que soy, lo que dejo de ser, ya no se cuanto abarca. Cuanto más cerca se esta de conocerse a uno mismo mas cerca se está de perderse. Por eso mil cosas, mil asuntos que resolver. No mirar hacia el pozo por si olvidas la batalla.

Y cada vez que naufrago, un nuevo barco.

Y la isla que eres tú, inalcanzable, envuelta en tinieblas.

Sin un lugar donde desembarcar.

4/  Oyeron como se cerraba la habitación número 31 por segunda vez, se miraron y alzando los hombros Capriccio el conserje y dueño del hotel volvió a dirigir su mirada al sofá del recibidor, como siempre vacío.

— Si no deja de llover le tendremos que colocar unos remos al edificio. – Dijo Raimond

El silencio acompasado del gotear inundó la sala como la llamada primitiva de los primeros hombres. El retumbar líquido y persistente llegaba al oído del inquilino como una sonata única  y delirante, nada existía, solo humedad y su africano tamborilear. El agua subía por la planta de sus zapatos y comenzaban a mojarle los pies. Apoyó su mano en el mostrador y salpicó la pared con diminutas gotas.  Trató de secarse con su propia ropa, pero estaba tan húmeda como todo lo demás. No existía ni un solo rincón en todo el universo que estuviera seco.

-¿Tiene algo para secarme? ¿Una toalla tal vez?

El anciano mirándolo de nuevo y con el rostro arrugado se giró sobre si mismo y desapareció tras una cortina que daba paso a lo que debía de ser un despacho, salió al instante y le alargó una toalla realmente seca. A Raimond le pareció aquello cosa de milagro, asió aquel trapo con ansia y se secó la cara, las manos y la cabeza, devolviéndosela completamente empapada.

 

5/                     La duda de saber si este día alguna vez fue.

            El amor más fiel preludio de la soledad más cruel.

            El tacto que del vacío llega, el perfume del falso recuerdo.

            Los mejores momentos son incógnitas de nuestro tiempo.  

La carta escrita en tela de hilo, con forma de pañuelo, y bordado dos iniciales. N.F. los dejó paralizados, por algún extraño motivo que en ese instante no lograban localizar, el texto los había confundido sobremanera. Se habían sentido íntimamente aludidos  por el.

-Al fin despertaré, vosotros me ayudareis. -Dijeron al unísono, mirándose a los ojos, sin entender.

 

6/  La solitaria mujer abre desmesuradamente sus ojos y parpadea varias veces, mira a su alrededor para asegurarse de que todo sigue en su sitio. El sofá húmedo y deslucido sigue allí, físico y sólido a pesar de su abandono, fiable los retos del mostrador y las escaleras de un hotel, en ruinas y vacío, sin apenas techumbre.

Fuma silenciosamente su último cigarro y se repite una vez más que no volverá. Se repite como en un eco infinito la necesidad de ser consciente sobre su mundo. La necesidad del olvido. Pero la llamada del inconsciente es demasiado poderosa, cree que allí está su hogar y que los que allí habitan necesitan su ayuda.

 

7/ Leonard el huésped de la 27 escucha, intuye y escribe. Sospecha que algo no es como debiera ser. Se cuestiona a sí mismo. ¿Qué hace aquí? En esta habitación… ¿Solo? Mira alrededor, y se siente falso, imaginado y escribe:

Los sonidos llegan hasta aquí puros y nítidos. Si toco la pared siento la temperatura de sus habitantes, los olores de los que aquí habitan pasan y se quedan entre los pasillos y se cuelan por debajo de la puerta. Siento cada latir, cada aliento, cada movimiento en este hotel y todo eso me habla, en susurros me dice cosas que entiendo y traduzco. Como una prolongación de mi mismo, el hotel, mi hogar, yo mismo. Después las escribo.

Pero tu, Fortune. ¿Quién eres? y ¿Donde estas? Porque escribo sobre ti, si no te conozco, si no estas aquí.

Y como respuesta al texto, la máquina sigue las órdenes de unos dedos que nadie gobierna.

La razón del tiempo se pierde en la niebla del recuerdo.

Como puzzle imaginario que no encaja

La memoria silenciosa y siniestra te vuelve al presente

Elige el camino usando tus sueños.

¿Para quién escribo? ¿Quien me escribe?

¿Necesito ayuda?

 

8/ La carretera, la mejor expresión de pesadilla. Oscura y pesada, tan silenciosa. El cuentakilómetros con traducción inmediata en el segundero. La distancia que es tiempo. Ha de llegar, con la indefinible sensación de desasosiego e inseguridad que gira en péndulo al compás de las luces que se cruzan sobre el lomo de la serpiente. La velocidad traspasa la noche en húmeda armonía, eco de lo que se espera. Ella trasciende del automatismo en la conducción y se evapora, ya no está sobre asfalto, ahora corre, grita, sus recuerdos la excitan, la furia se traspasa al volante y al acelerador. Corre en aquel páramo de su memoria, tan terrible, corre y se introduce en el lago, sus manos negras de descorrida tinta, maldice y odia. Su piel se deshace al intentar recuperar los folios mojados. Mira la figura en la orilla que llora desconsoladamente, como ahora ella, el viento nocturno arranca lágrimas de odio y comprensión, de amor y de ira desbocada. Tanta contradicción entra en su mente en armonía, todo lo comprende y de tanto se arrepiente -Lo que hiciste, de nada sirvió. Aquel cielo tan azul, se introducía en su mente tan oscura. -Ahora vuelvo, vuelvo.  Llora por aquello. Viaja en el tiempo y recorre cada kilómetro en sentido contrario, fuerza su memoria a retorcerse, a mentirse, como reloj de Alicia que nunca podrá manipular, aquello no debió ocurrir. Engulle al tiempo para vomitarlo en secuencias fatales. El agua por la cintura se empapa de papeles que se describen poco a poco, tan rápido que nada pudo salvar. El le decía que nada se podía salvar. Solo ella, ese fue su último intento. Ella dentro de su memoria, de su imaginería, capaz de hacer estragos al tiempo y a lo sucedido. Pero es inútil todo se rescribe una y otra vez, tal y como sucedió. La verdad se mezcla haciéndose hueco, ganando milímetro a milímetro a la falsa.  Lucha imposible que desemboca en paranoia. En otro intento fallido de dar luz a su perdición.

 

9/ -Oiga, le voy a decir… No está lloviendo. No se por qué lo repite tanto. Le he dado una toalla, usted ha hecho como el que se seca. ¡Pero usted ya estaba seco! ¿Me entiende?

– No, claro que no le entiendo ¿Esta usted bromeando? Igual que el muchacho, el que dijo algo de una mujer cuando en realidad entró y habló todo el tiempo solo.

– Si, estaba solo, pero yo no amigo, yo no bromeo. Díselo tu Natalie. – Dijo Capriccio mirando al Sofá.

Pero nadie en el sofá habló.

 

10/ El sofá estaba vacío, pero curiosamente era lo único que se mantenía seco de todo el hotel.

-¿Natalie? ¿Por qué ha dicho ese nombre?

– ¿No puede usted verla? Está ahí mismo, sentada, fumando un cigarrillo.

– De veras que esto no tiene gracia. Como es dígame. Descríbamela. Y Procure no describir a la Natalie Fortune que yo conozco y espero desde hace tres días.

– Bueno pues es… es menuda, con formas muy marcadas, algo pálida. Con el semblante más serio y hermoso que haya visto jamás y… si, su apellido es Fortune.

 

11/  Se habían quedado sentados en la cama, mirándose y agarrados de una mano. Releían la carta.  Al cabo de unos instantes una lágrima resbalaba por la mejilla de Benjamín

– Yo existí. ¿Recuerdas? – Susurró la mujer

El muchacho acarició dulcemente el rostro de su mujer.

– Tu estas aquí amor mío, aquí y ahora, frente a mí.

Se miran en silencio, acariciándose mutuamente con la mirada. Con un temor nacido directamente del pecho que penetra tristemente desde la incertidumbre.

– Sí. Lo que tu digas… te quiero amor mío. – Y débilmente sonrió mientras le devolvía la caricia

– Mira, las iniciales coinciden con las tuyas.

El silencio volvió a adueñarse de la habitación. Levemente escucharon los sonidos que delataban el comienzo de la lluvia. El muchacho se levantó de la cama y cogió la carta.

-Voy a bajar y preguntaré quien puso este pañuelo aquí y por qué.

– Está bien, escribiré un rato, hasta que vuelvas.

– Si pero no demasiado, después me cuesta trabajo recuperarte – Sonrió con ternura Benjamín.

 

12/ La mujer, hermosa en su madurez, mira el reloj del hotel, parado en las doce menos cuarto. Siente miedo, percibe una enorme tristeza por el tiempo perdido. La angustia crece en espiral por su garganta. Se siente estúpida, vieja y estúpida. Observa a su alrededor sin saber donde comienza o donde termina la verdad. Cada peldaño, cada centímetro de pared, cada viga podrida le grita: ¡Despierta! ¡Vete de aquí! Tu tiempo no existe. Pero después en la nuca escucha el débil susurro, el evocador encuentro de un lugar hecho a su medida…

 

13/  -Ahí no hay nadie, y… ¿De que conoces tu a Natalie?

– Pues ella… hace algún tiempo escribía. Desde su habitación, en su casa del lago, hace demasiado de aquello. Ya no escribe. Ahora solo espera. Ya es mayor, es casi una anciana.

-La Natalie que yo conozco no es tan vieja. No es una niña pero tampoco una vieja. Cuando llegue se sorprenderá de esta conversación y seguro que escribe algo al respecto. Escribe sobre cualquier cosa, es fantástica. Pero ya tarda, tarda demasiado. Nos daremos una nueva oportunidad. Cuando llegue me perdonará aquella tarde… en el lago y a mi no me importará que se fuera, recuperaremos el tiempo perdido.

– ¿Os separasteis?

– Si, pero volverá.

 

14/                              Como perdí tu sonrisa me disipé en mis palabras.

Cerré las ventanas y corrí las cortinas para no ver el lago.

Aquella aguas que se tragaron todas mis páginas.

Tú, que eras lo único que existía te hundiste con mi relato.

Como prosa maldita, como agua podrida. La huída que imaginas.

El amor convertido en asesinato.

Leonard dejó de escribir asustado, ¿De donde venían aquellas palabras? Se apartó violentamente  de la máquina de escribir y tiró la silla a sus espaldas. Fue a la ventana y elevó las persianas que durante tanto tiempo habían ocultado la luz natural. Se cegó por el brillo del sol. Pero allí estaba, lo que había supuesto y no recordaba. Un lago hermoso y brillante, Ocupaba una amplia extensión de cristales rotos y llamas congeladas que le hicieron llorar. Allí estaban todas las páginas de una vida. Allá abajo, en el fondo de aquellas aguas.

 

15/  -Natalie fue una gran escritora, publicó algunas novelas de éxito, pero su gran obra, aquella en la que trabajó toda su vida nunca se publicó y jamás nadie la leyó.

– Esto no puede ser posible, sin duda estamos hablando de la misma persona, mi Natalie estaba escribiendo un libro que nunca me dejó ver, el libro con el que lleva toda la vida. Fue la causa de nuestra separación. Ese maldito libro se la estaba llevando lejos de mí, lejos de todo. Me prometió terminarlo aquí, cuando nos reuniésemos en este hotel. Pero ¿Por qué tarda tanto? Ha decidido abandonar esa historia que no la deja llevar una vida normal, cuando venga a mi acabaremos de una vez por todas y seremos felices, ella y yo. Ese libro desaparecerá te lo prometo.

Raimond terminó su frase con un acceso de ira, cerrando los puños y enrojeciendo.

– Mi mujer también escribe…

El joven benjamín bajaba por las escaleras y se reunía con ellos en el hall del hotel.

– … Lo siento no he podido evitar escucharos y, vaya casualidad que la suya también sea escritora señor mío.

—  Mi nombre es Raimond. -Y le ofreció la mano al recién llegado. – Y si, aquí hay algunas casualidades, demasiadas diría yo.

-Dígame ¿Cómo se llama su mujer? – Dijo el propietario del hotel dirigiéndose al joven.

– Natalie Fortune. ¿Por qué?

Después de un momento de silencio en el que las dos personas mayores hicieron gestos de desesperación le comentaron al joven Benjamín todas las coincidencias. Todos aceptaron que parecía tratarse de la misma mujer.

-Pero… mi esposa está ahí arriba esperándome en la habitación, puedo hacer que baje. – Benjamín aceptó la historia como una broma aunque en su subconsciente aceptaba la verdad de todo aquello.

– No bajará. -Contestó tajante Raimond. -Igual que tú y yo no la vemos sentada en ese sofá.

– ¿Qué sofá? ¿Aquel?

– Igual que no vendrá a terminar su novela, aunque usted la espere el resto de su vida. – Continuó Capriccio sin prestar atención a las dudas de Benjamín.

– Entonces la buscaré, iré  a su casa del lago y allí aclararemos cuentas.

Benjamín se golpeaba la cabeza con aquellas ideas que le resultaban tan familiares, en el fondo, pensó que todo aquello el ya lo sabía. Les alargó el pañuelo escrito y pensó que, quizás, ahora tomaba cierta lógica el texto ahí escrito.

La duda de saber si este día alguna vez fue.

            El amor más fiel preludio de la soledad más cruel.

            El tacto que del vacío llega y  el perfume del falso recuerdo.

            La espera es lo único real, es lo que soporta este misterio.

            Los mejores momentos son incógnitas de nuestro tiempo.

 

16/  El arrugado pañuelo que la anciana tenía en sus manos iba borrando las letras impresas que en el se encontraban. -Nada de esto es real, ni siquiera yo. – Susurra.

 

17/ Las ideas comenzaban a aclararse en la cabeza del gerente como si un puzzle extraño se fuera completando.

– Su Natalie – Dijo dirigiéndose a Benjamín. – ¿Qué edad tiene?

– 24 ¿Por qué?

– Deje de preguntar porques y piense. Y ¿La suya Raimond?

– 45. Y lo que usted insinúa no tiene demasiada lógica.

– Nada de esto tiene demasiada. Yo sigo viéndola allí frente a mí en aquel sofá, fumando. Y sin embargo vosotros no la veis, al igual que tú y yo tampoco vemos a la esposa que este muchacho asegura tener. Y maldita sea, ahora es cuando está empezando a llover, no antes.

– Esto quiere decir, y lo digo por pura curiosidad, pues mi esposa, la verdadera Natalie Fortune me está esperando en la habitación, que ella, mi mujer, es la joven Natalie, la suya Raimond es la madura Natalie y supongo que la mujer que usted ve en el sofá es la anciana Natalie. Fabuloso, ¡Que imaginación! MI esposa escribirá algo de esto se lo aseguro. -Dijo sacando una sonrisa irónica nada convincente. Recordaba en este momento la pregunta que antes le hiciera en su habitación. «Yo existí ¿Recuerdas?» Pero la pregunta que rondaba su cabeza era si ellos realmente existían.

 

18/       Me he perdido en la jungla de mi cabeza

El reflejo de mi locura en el pantano vuelve a brillar

Y mis ensoñaciones me dirán, si se escuchar

Como recuperar mi cordura y equilibrar la balanza.

Leonard dejó la máquina de escribir, arrugo el último papel escrito y lo lanzó por la ventana con la esperanza de que llegara al lago. Al pasar por el espejo para abrir la puerta reflejó a una mujer, no se extrañó. Lentamente y con la seguridad que da saber quien es giró el pomo y salió al pasillo.

 

19/ La joven esposa abrió la ajada carpeta de cuero donde guardaba sus textos, apartó la última página escrita y la leyó.

La puerta se cerró. Los ecos de sus zapatos de tacón resonaban en el pasillo del hotel. Con las largas uñas de sus dedos acariciaba la pared empapelada, pero no siguió la dirección de salida, por el contrario caminó hasta la habitación número 31 y al llegar a ella, con suavidad de mujer, tocó dos veces su madera…

La mujer de Benjamín no se sorprendió al oír la llamada en su puerta. Contempló su escrito en silencio.

– Nunca terminaré este libro. – Dijo. – Se que es el momento, si no acabo con esto ahora, jamás lo haré.

Sabía quien la esperaba al otro lado de la puerta, siempre lo supo. Tarde o temprano tendría que sacrificarse. Nada es eterno ni siquiera la locura. Y aquí, ahora se presentaba la salida. El final del relato, quizás.

El grueso de folios escritos era pesado, lo llevó a la bañera y delicadamente lo deposito en su fondo y lo roció con agua de colonia, después le prendió fuego. Observó como el papel se arrugaba y oscurecía acariciado por la llama.

-Nada es eterno, ni siquiera la locura. No quiero volver a perderme- Dijo abandonando el baño. Con paso seguro se dirigió a la puerta y la palpó en el justo momento que volvían a sonar varios golpes igualmente delicados a los primeros. Abrió la puerta. Solo una mujer continuó por el pasillo.

 

20/ Cuantos días, cuantos kilómetros perdidos en circulo. El lugar que no se entiende, siempre en la distancia, siempre visible e inalcanzable. El conductor observa su objetivo, cercano y amistoso, cuantas líneas sin descanso, demasiadas palabras sin una coma, demasiadas páginas sin un punto y final. Cerca, igual de cerca que siempre, tan al alcance pero tan inabarcable. La desesperación de un lugar que no existe frente a sus ojos. El final de la historia conduce al principio del camino y no al revés  Pero el destino, ese que se escribe en una máquina de escribir no deja que se alcance. No daba opciones. -Pero hoy, hoy todos nuestros yoes han decidido acercar el final. Hoy si, hoy voy a descansar. La carretera y sus renglones, sus sangrías, sus líneas discontinuas han de acabar. Determinar el pasado, transmutarlo. Ser capaz de cambiar un destino pasado. Aquella vez que no tuve valor. Aquella vez que se dejó atrapar por la carretera, que la usó de excusa cuando trazó el giro de vuelta, incapaz de deshacerse de una parte de sí, aún latente, fuertemente agazapada a su pecho, sin querer ni poder soltarse. -Aquella vez que conduje huyendo hoy lo hago para enfrentarme, para hacer lo que no hice, pero ¿Por qué no llego? ¿Por qué tardo tanto? Será porque depende de mi y mis dudas no me abandonan. Pero debo llegar, ahí está, el hotel. Al fin.

 

21/ Y mi historia ¿Donde está? ¿Quién la perdió? ¿A quien puede interesarle? El reloj no avanza, tal vez nunca lo hizo. ¿Cuando se paró? Soy yo y nadie más quien se pierde, quien no llega, la que se refleja, quien se paró. Sois vosotros, mis sueños, mis recuerdos, mis personajes los que no dejáis que me vaya. No llueve tanto. ¿Sabe alguien que existo? O solo soy uno más de mis personajes. ¿Quienes existieron y a quienes inventé?

 

22/  Escucharon los pasos de alguien que bajaba las escaleras para, inevitablemente, reunirse con ellos en el hall. Los tres enmudecieron.

En el exterior, un coche paraba su motor y la puerta se abría y se cerraba con un golpe seco. Los pasos del acerado y de los escalones de madera se mezclaban en un solo juego sonoro. Los zapatos de tacón alto hicieron su aparición en el hall del hotel al mismo tiempo que se paraban en seco en el último escalón.

Ambas mujeres se fundieron en una al sentarse en el sofá. Justo donde Natalie fumaba su cigarro.

El semblante triste de Natalie Fortune sonrió levemente, un brillo en sus ojos auguraban un final y un principio.

 

23/  Natalie sentada en el sofá repasa mentalmente su novela. Jamás la terminó. Jamás nadie la leyó. Como una puerta al abismo que se abriera cayó en la boca oscura y tenebrosa de la literatura sin fin. Un libro que giraba en espiral, que se repetía continuamente para cambiar solo sutilmente, pequeños retales de su vida encarcelada en su propia mente que hacían variar en proporciones minúsculas su relato. Loca, se sentía completamente loca. Pero este sentimiento duraba apenas unos instantes, rápidamente volvía a introducirse en otras mentes, en otros cuerpos y en otras situaciones, la de sus personajes, que hacían olvidarse de ella misma y de su propio contexto.

Sola, completamente sola, como siempre lo estuvo Natalie Fortune repasa mentalmente su libro y descubre algo sorprendente. De tanto girar sus personajes son  más reales que ella misma y le han hablado, «le susurran cosas al oído que ella entiende y traduce». Ellos se revelan.

Perdida en el tiempo, no pasan los días en este hotel. – Me esclavicé con mis imaginaciones y ahora ellos me dicen que me vaya. ¿Cuánto tiempo llevo hundida? -Solo necesita escucharse, leerse para saber. -Seis años. Seis años como lleva Raimond encerrado en la habitación 27. Tanto tiempo…

Me confundí. Lo dejé todo, olvidé la realidad, deseché a Leonard. Me sustituí.

Lo único que necesitaba se encontraba en el pozo blanco de los folios por tintar. -Me atrapó mi ingenio y mi ingenuidad. Ahora ellos-yo me lo recuerdan;

Si este día no fue jamás. Nunca lo olvidaré

Arranqué de mi pecho la ilusión de un recuerdo

No existiré.

Si agarré tu mano, si después se soltó

Si tu silueta se borra, y mi memoria miente.

Si yo  no quise, y sin embargo se alejó.

Atrévete a mirar, la lluvia no cesará.

Acaríciame en este sofá, nunca lo entenderás.

Atrapados en este hotel  estamos, imaginad.

No recordareis nada, pues en verdad nada sois.

No descuidéis vuestra importancia. Aún sin nada ser.

No dependéis de mí, mis sueños nada han de temer

La razón del tiempo se pierde en la niebla del recuerdo.

Como puzzle imaginario que no encaja

La memoria silenciosa y siniestra te vuelve al presente

Elige el camino usando tus sueños.

¿Para quién escribo? ¿Quien me escribe?

¿Necesito ayuda?

– Sí, necesitas ayuda y desde tus pesadillas, desde tus imaginaciones, tus personajes te quieren salvar, bien mirado no estás tan loca, si nosotros somos tú, una luz aún debe brillar en esa cabeza pues tratas de salvarte.

– Habladme, os escucho.

 

24/ Los tres habitantes del hotel veían por fin a la misma Natalie, sentada en el sofá con la mirada perdida en sus recuerdos.

– ¿Puedes vernos? – Llamó Capriccio. – Señora, ¿Puede usted vernos a nosotros? Yo se lo que le pasó. ¿Lo recuerda usted? ¿Recuerda a su marido Leonard?

La cabeza de Natalie gira lentamente y mira sin ver, mira imaginando.

-Soy yo ¿Me recuerdas? -Continuó el joven Benjamín. -Pero no me parezco a el. Me imaginas de otro modo como a uno de tus personajes de ficción.

– Pero yo cogí todos tus textos y los tiré al lago. – Dijo Raimond. – Yo-nosotros supimos darnos cuenta, aunque tarde, de lo que te estaba pasando. Tu libro te absorbía, dejabas por momentos el mundo real, como tú vagamente recuerdas, antes éramos reales y nos empujaste, nos obligaste a seguir tu camino, nos convertiste en ficción a la par que tú misma abandonabas la realidad. Y te esperé, te esperé tanto tiempo.

-Y tú Leonard, mi marido, me abandonaste.

– Creí que si tu libro desaparecía volverías conmigo, pero no fue así. Tú te fuiste detrás de aquellas páginas. El libro inacabado se llevó tu mente al fondo del lago. Te esperé largo tiempo amor mío, te esperé largo tiempo. Pero tú nunca llegaste, te esperé aquí en este hotel, pero tu te volviste, giraste en redondo aquella noche interminable en la carretera oscura y volviste a tu libro, lo preferiste y yo… te busqué. Tu libro… ¿De que hablaba tu libro Natalie? ¿Por qué nunca lo terminaste? Me culpaste, por eso me abandonaste, pero yo solo quise recuperarte, aunque ya te habías ido, no hizo falta que tirase todos tus textos al fondo del lago en un desesperado intento por que volvieras a mi. Tú ya te habías ido. Los papeles que tiré no tenían valor, todo estaba en tu cabeza, atrapado, como nosotros, somos nosotros.

Aquella mujer los miró uno por uno, diferenciando quienes fueron, recordando sus rostros, familiares e inventados. Los miró con tierno amor y verdadero terror, como a unos hijos que obligaron a su madre a servirles de alimento.

-Mi libro, nuestro mundo, habla de una mujer, relata la locura de una mujer encerrada en su propio relato, cuenta como la culpa y una mente débil pueden llevar a alguien a encerrarse en un pequeño círculo de recuerdos y ensoñaciones sin posibilidad de escape.

-La invisible línea que separa la realidad de la ficción puede abarcar mundos enteros.

– Si Leonard así es.

– ¿Qué vas a hacer ahora?

– Está lloviendo. Todavía llueve y parece que no va a acabar nunca.

 

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