Sofía Medina pertenecerá por siempre al club de las mujeres más extrañas que haya tenido la oportunidad de conocer.

De sonrisa impracticable y conversación dudosa, con esta mujer nunca se podía estar seguro de la verdad de sus palabras.

La conocía por mi madre; aunque mayor, eran muy amigas. Personalmente no la trataba con especial deferencia, todas sus amigas eran parecidas, mujeres que charlaban y charlaban cosas que no tenían mayor importancia, excepto para ellas mismas.

Sofía era de esas en cuyas palabras cualquier nimiedad tomaba el cariz de espeluznante y terriblemente cierta. Mi madre, no sé si por puro decoro, escuchaba embelesada todas esas historias que traía con el mayor secretismo del mundo.

Acepté su invitación por pura curiosidad. Iría a su casa de campo, a las afueras de Sevilla, con la excusa de ver y probar una extensa carta de vinos que ella misma seleccionaba y guardaba en una bodega, excavada en la tierra y construida por los árabes hacía más de mil doscientos años.

Sin embargo, algo más tarde, me confesó que la verdadera razón de su insistencia era la de comprobar un hecho insólito que tendría la oportunidad de compartir en su bodega. A cierta profundidad, decía, que si lográbamos silencio absoluto podríamos oír voces que, según ella, habían quedado enclaustradas allí, sin opción a perderse en el tiempo.

Eso me pareció fantástico de veras y, sumado a construcciones antiguas y a la cata de vinos, decidí que, aquella tarde de abril, iría a la casa de Sofía Medina.

La casa era amplia y limpia, supongo que luminosa, ya que llegué de noche. Tenía suelos de barro y ventanas de madera, todo muy rústico, como le gustaba decir. Ya con un vino entre las manos y después de un breve paseo por aquella casa, pasamos a la puerta de la bodega, de madera robusta y sencilla, sin apenas adornos, más que unas gastadas inscripciones en algo que podría ser árabe.

«Entregándose al viento». Eso quiere decir. -dijo la mujer.

Hablaba sin parar de la puerta, encontrada semienterrada en la misma bodega, rota por sus goznes, como arrancada con furia, mientras sus tres gatos jugueteaban entre mis pies, poniendo en grave peligro mi equilibrio. Sofía abrió la puerta y los animales huyeron despavoridos. Con incredulidad, miré a la señora que, alzándose de hombros, restó importancia al hecho. «Nunca bajan» fue su escueta respuesta. Pero a mí esta actuación me puso en guardia; siempre he confiado en el instinto de los animales y esta reacción no me gustó nada.

La puerta se abrió sin ruido alguno y me dio la fugaz impresión de que se apagaba alguna luz en el interior de la estancia.

Cruzamos el umbral. Me paré indeciso al borde de una escalera que bajaba en penumbras, la escasa luz de una única lámpara no alumbraba más de unos cuantos escalones. Olía a humedad y a tierra. La pared era de roca con pequeños bultos, mal pintada. Tenía todo el aspecto de una caverna abandonada.

Me estaba poniendo nervioso y Sofía no ayudaba demasiado: su cara normalmente relajada y aturdida estaba seria y rígida; sus ojos, por lo común perdidos, se volvieron duros y me miraban fijamente. -Abajo hay otra luz. -dijo, mientras comenzábamos el descenso.

La escalera crujía levemente a cada paso y tuve la impresión de oír cómo cerraban la puerta por el exterior.

La señora no tardó en perderse en las sombras que la precedían, pero pude escuchar que susurraba palabras entre dientes que no alcanzaba a comprender. Como un murmullo incoherente, su voz se fue perdiendo junto a ella en la oscuridad.

Comencé a dudar de esta magnífica idea, ¿qué hacía yo allí, bajando con una señora que apenas conocía y que cada vez más me confirmaba la creencia de que no estaba en sus cabales? Dudaba a cada paso, notando el inicio de un sudor nervioso por la frente.

Llegamos abajo en total oscuridad. No oía nada excepto los latidos de mi corazón, que empezaban a ser dolorosos. La llamé y ella, a mi oído, susurró: -Silencio.

Supuse que este sería el momento en el que debería escuchar las voces de las que había hablado, pero mi propio corazón era una orquesta, no lograría oír nada.

Aguanté unos segundos, tratando de aclarar mis ideas y mis nervios con una respiración más controlada, pero entonces fue cuando llegó. Un sonido apenas perceptible erizó toda mi piel, me secó la boca y paró en seco mis ejercicios respiratorios.

Agudo al principio y más grave después, el sonido que escuchaba estaba siendo provocado por alguien desde la lejanía. Además, notaba una presencia, una compañía distinta a la de Sofía, que rondaba cerca. Asustado, pedí que encendiera la luz. La luz no llegó y Sofía no respondió.

A tientas, mi espalda encontró la pared y, con más atención, escuché. El sonido se había transformado en cantinela y esa canción se hacía más audible, creciendo en volumen, como si cantaran desde lejos, pero al mismo tiempo pegadas a mis oídos, dos voces: Un hombre y una mujer. De pronto, un golpe seco y el sonido de algo metálico, quizás una cerradura, y la canción cesó.

Mis piernas temblaban y no podía articular palabra.

–Sofía. -Supliqué en temblorosos susurros.

-Espera, ahora viene lo mejor.  -volvió a susurrar a mis oídos.

Aquella voz me tranquilizó al recordar que no estaba solo, pero a su vez me decía que todo aquello no había terminado. Así que esperé, aterrado, otro sonido, otra voz, otra canción.

Pero en lugar de eso, un viento helado recorrió con fuerza la estancia durante unos segundos. Fue demasiado para mí, grité todo el terror acumulado en mis pulmones, grité y lloré porque sentía frío en la cara y unas manos que me tocaban la espalda, desde allí donde solo había pared.

Sofía encendió la luz.

Frente a mí, miraba con ojos muy abiertos el lugar de donde provino el viento: la pared.

Yo sufría un ataque de pánico que me obligaba a moverme en círculos, buscando qué o quién me había tocado la espalda.

Aún temblaba cuando la señora, con una sonrisita maliciosa me preguntó: -¿Qué te ha parecido? Espectacular, ¿eh?

Extrañado y presa del terror, miraba perplejo el semblante ahora tranquilo de Sofía Medina. Parecía divertida, aunque no dudaba de su propia excitación.

-No te asustes, querido -me señaló. -Hasta ahora no ha habido ningún contacto físico con ellos.

-Hasta ahora, amiga mía. -Pensé. -El viento y… Algo me tocó… -balbucí.

-¿En serio? -Pareció sorprendida por aquello-.  Parece que esta pareja se siente bien contigo.

.- Querría irme  -le dije, tratando de disimular mi nerviosismo.

-Espera, te contaré la historia, creo que tienes derecho a conocerla.

Me habría gustado que me la contara fuera de allí, pero fue inútil. Cerró los ojos y se dispuso a relatarme una extraña historia, como si se la contara a sí misma, como si, de alguna manera, aquello le hubiese ocurrido a ella y lo estuviera recordando.

-Hace mucho tiempo (comenzó, aproximadamente a finales del siglo VIII, bajo el gobierno de los Omeya, un poderoso visir poseía la mayor parte de las tierras de por aquí, era hermoso y era poderoso. La gente le temía pues era dado a la soberbia, era duro como una roca con sus súbditos y no toleraba contradicciones. Pero por encima de todo, fue un maravilloso padre; tenía dos hermosas hijas, a quienes quería por encima de todas las cosas. Su orgullo, ya de por sí elevado, se multiplicaba cuando contemplaba a sus pequeños almendros jugar en los jardines.

Estaba tan extasiada contando aquella historia que no pude interrumpirla, aunque habría debido; no estaba cómodo en aquella estancia, volvía a tener la impresión de tener compañía.

(Pero la felicidad nunca es eterna, y con la llegada de Boabdil, joven y apuesto poeta y músico trovador, Rasiria, la hija menor, quedó enamorada.

»Con la ayuda de su hermana Iranaida, convenció a su padre para que les impartiera clases de canto.

Su voz era la más bella que se había oído en Al Andalus en toda su historia, y  Iranaida no lo hacía nada mal. Se transformó rápidamente en una atenta alumna, descubriendo su pasión por la música. Dónde empezaba el amor por él y dónde el amor por la música iba perdiendo importancia, se fundían en una misma cosa. Pero ¡ay! No transcurrió mucho tiempo para que el visir sospechara del amor que crecía entre ambos.

»Así, el terrible padre, despechado por aquel engaño, ordenó inmediata muerte para el joven.

»En una accidentada huida, consiguieron escapar juntos y refugiarse en una cueva. En esta misma. No estuvieron escondidos demasiado tiempo, ya que por amor a su hermana y esperando piedad de su padre, Iranaida dijo donde se encontraban. Gran error que jamás se perdonaría y que acabaría con su propia muerte, arrojándose al vacío, “entregándose al viento”, esa es la inscripción de la puerta y, supongo que no está escrita por persona viva.

»La pareja de enamorados suplicó perdón al oír cómo cerraban las puertas de esta cueva, dejándolos enterrados en vida.

»Boabdil y Rasiria se juraron amor eterno y así fueron diluyéndose, ejercitando el canto que los unió, hasta el fin de sus días.

Diciendo estas palabras Sofía Medina quedó en silencio. Después, levemente, de nuevo una suave brisa comenzó a inundar la bodega, los vellos de todo mi cuerpo se erizaron, los temores de que todo volviese a empezar se cumplían.

Los ojos de la mujer que tenía frente a mí se volvieron blancos y, girándose a la pared, comenzó a cantar la canción que había oído, y supuse que era de la pareja allí enterrada.

Sonó exactamente igual. Su voz era insólita, maravillosa, hacía las veces de hombre con la misma finura que la de mujer. Su cuerpo temblaba como si estuviera extasiada.

No volví a la bodega y jamás hablé del asunto con nadie.

Aquella mujer tenía una voz espectacular y un sentido del humor extraño, poético.

No recuerdo el sabor de su vino, creo que lo desperdicié en aquella cueva, cuando temblaba como un niño.

De acuerdo, le gustó una historia y la tomó como propia, puede ocurrir.

Quizás ella misma me tocase la espalda para reírse de mí, pero ¿y el viento? La bodega estaba totalmente cerrada, no había ventanas ni ningún mecanismo que lo provocara.

Además, estaba su voz. Nadie, me han asegurado, nadie la ha escuchado cantar jamás. Ella misma me jura que nunca pudo entonar coherentemente una estrofa y que yo le miento al relatarle lo ocurrido con su voz.

Tal vez, solo tal vez, aquella pareja de enamorados árabes siga allí, su amor los haya hecho permanecer como fantasmas y la forma de seguir cantando sea por medio de una persona, de Sofía Medina.

 

 

 

 

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