«Compartir el áspero tacto de las hojas de los árboles o saborear juntos el aroma de la lluvia, cerrarnos los ojos mutuamente para soñar con lo mismo…»

            Él me hablaba así, con la ternura de un niño que se revuelca por la vida, buscando disfrutar interiormente de cada momento, con el deseo de penetrar hasta lo más íntimo de las cosas.

            Con la imaginación del que no está conforme, me hablaba de otros mundos, de otras gentes, de lugares infinitos, reinos míticos y seres extraordinarios; de libros…

            Hoy vuelvo a recorrer caminos que pisaba mientras mi mente flotaba, escuchando.

            Apretados desde la mano, rozándonos hasta el hombro y con el oído atento, su voz trenzaba el lugar que une lo recorrido con lo imaginado, parando el tiempo.

            Hoy hace dos años que se fue. Y por Dios que daría cuanto soy por volver a escuchar alguna de sus historias, por sentir su aliento de nuevo, en forma de palabra, sobre mi cuello, acercar mi mejilla a sus labios y acercar mis labios a su mejilla, con suave tacto.

            Recorro las calles siguiendo unos pasos que el tiempo nunca borró, acariciando los dedos de la memoria que me acompaña, sonriendo a los ecos del pasado para tratar de atraparlo de nuevo, para hacerlo regresar con la furia de quien sigue enamorado, para huir del llanto que me hace presente.

            Así pues, en la esquina de mi recuerdo he de agazaparme, y esperar.

            Al odio lo que es del miedo. No saber por qué se fue.

            Aunque ya avisó que esto no era lo que debía ser, que sería lo que aquí no podía o moriría; que no soportaba el ruido gris de la ciudad, la imposibilidad de la opción, la manipulación de las antenas y el agobio que aturde, de la masa .Por eso inventaba páramos entre montañas, cielos abiertos y gente en los árboles.

Se veía a sí mismo infantilmente montado a caballo o caminando sin rumbo entre floresta salvaje y caminos sin explorar. Un juego que, suponía, lo evadía.

            Pensar que se lo creyera, que quijotescamente decidiera buscar en la selva de su cabeza y se perdiera… Puede ser que viera dragones en vez de camiones, que ridículamente agotase su mente, alejándose de mí.

            Por el amor que siento, mi deseo de equivocarme y de alienarme, para compartir una vez más su visión. ¡Que al final de esta sucia calle se abra ante mí la espesura de un mágico bosque! ¡Que las paredes pintadas de los enormes edificios muten en verde follaje y me rodee el páramo de alta y fresca hierba que tantas veces me describió! ¡Que se haga el silencio a mi alrededor para sentir el suave silbido de aire limpio que baja de la montaña! ¡Que al abrir los ojos todo esto sea tan real como el amor que siento! Tan real como lo estoy sintiendo.

            Mis pies descalzos sobre la húmeda hojarasca y la fría brisa que desciende de las cimas nevadas provocan la sonrisa en mi boca, la fina lluvia que cae me marca el ritmo para girar sobre mí misma y bailar feliz con los brazos extendidos en medio de aquel páramo, tantas veces imaginado y ahora tan auténtico.

            La ciudad ha desaparecido y, efectivamente, este lugar lo conozco; así me lo describieron y tal cual lo recuerdo, el páramo entre bosques.

            Pero he de parar mi danza en seco porque no estoy sola. A lo lejos, dos jinetes se acercan. Y no he de esperar mucho para reconocer a uno de ellos, Para que mi corazón trate con todas sus fuerzas de salir de su lugar, para ver su rostro sonreírme, todavía enamorado, tan cerca ahora de mí.

            El sol a su espalda me ciega, pero puedo ver como sus ojos recorren todo mi cuerpo hasta, de nuevo, pararse en mi mirada.

            Ya te avisé me dice- solo tenías que tener un poco de fe.

            Lentamente me alarga su mano desde su montura para que suba con él. Encandilada aún, le alargo la mía para partir juntos donde sea, para no volver a separarnos jamás.

            Pero una sombra atraviesa el sol y nos sobrevuela. Miro y lo que veo es imposible.

            Un animal gigantesco, negro como el hollín, con enormes alas de cuero ajado aparece sobre nuestras cabezas; después, vuelvo a mirarlo a él, en su cara se dibuja la nefasta sorpresa, se gira nervioso y grita para que el dragón se vaya.

            Miro aquella situación y lo comprendo todo. Mala jugada hace mi imaginación, pues todo parecía tan real.

            Pero los dragones no existen.

            Lo último que puedo ver es el rostro bañado en lágrimas de alguien a quien todavía amo, mirándome, difuminándose.

            Los edificios, el sonido de los coches y el bullicio de las gentes vuelven a ocupar su lugar a un ritmo vertiginoso.

            Quedo en medio de la calle, sola, quieta, rodeada de gente que va a toda velocidad.

            Pensando, deseando que, quizás, la lágrima que cayó en mi mano no fuese mía.

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